Entre carteles con pedido de respuestas urgentes habitan fantasmas de lo que en un momento de la historia fue una fuente de progreso, avance y bienestar. Un lugar donde el tiempo no avanza, donde las paredes oxidadas conservan voces que nadie escucha y donde el silencio pesa más que cualquier ruido. En el parque industrial en Río Grande, entre galpones apagados y calles donde el frío corta la respiración, Digital Fueguina permanece inmóvil como un cadáver industrial que se niega a desaparecer.
Los enormes galpones, consumidos por el abandono, se asemejan más a un escenario salido de una pesadilla que a lo que alguna vez fue una de las plantas modelo de Tierra del Fuego. Las sombras se estiran sobre los pasillos vacíos como si todavía buscaran a los obreros que durante años caminaron allí adentro con guardapolvos azules, hablando del partido del domingo, del frío fueguino o de cuánto falta para terminar el turno.
Hoy ya no quedan esas voces, solo quedan carteles desgastados colgados entre chapas húmedas y paredes descascaradas: “Respuesta para las 240 familias”, “Fuerza, solidaridad y lucha sin tregua”, “Todos somos Digital”. Restos de una resistencia obrera que se niega a desaparecer, aun cuando el tiempo parece haber devorado todo lo demás.
A pocos metros, sobre Tomas Bridges, la historia vuelve a repetirse como un bucle interminable. No es una película de terror como Triangle, aunque a veces lo parezca. Son nuevamente trabajadores esperando respuestas frente a otra empresa paralizada. En Tierra del Fuego los conflictos laborales parecen regresar siempre bajo distintas formas, como si las mismas sombras recorrieran una y otra vez los galpones vacíos del parque industrial.
Digital Fueguina ya no parece una fábrica. Se parece más a una ruina suspendida entre la memoria y el olvido. Una estructura que alguna vez simbolizó progreso industrial, modernidad, fabricación de aires acondicionados, televisores Samsung, LG, líneas automatizadas traídas desde Corea y máquinas que no existían en ninguna otra planta, pero hoy permanece atrapada en una penumbra melancólica, dominada por la incertidumbre y el abandono.
El principio del fin
Juan Paredes ingresó el 17 de diciembre de 2007. Al principio eran 64 personas y una línea improvisada con un “maletero coreano reacondicionado”. Con el tiempo, la planta creció hasta alcanzar casi 680 trabajadores entre efectivos, contratados y PPD.
“Era una fábrica modelo. Teníamos la mejor ropa, la mejor comida, tecnología de punta. Todos querían entrar ahí”. Mientras habla, Juan recuerda las líneas de producción funcionando como una maquinaria perfectamente sincronizada, los Clark pasando entre los pasillos, las bocinas avisando el movimiento de mercadería, el murmullo constante de cientos de trabajadores compartiendo mates, cigarrillos y conversaciones sobre fútbol, hijos o problemas cotidianos.
Pero el recuerdo más fuerte no aparece cuando habla de la fábrica funcionando, sino cuando recuerda el derrumbe.
El 5 de mayo de 2021 llegaron a trabajar y encontraron la planta vacía. No estaban los gerentes. No había supervisores. Tampoco seguridad ni limpieza. Los molinetes estaban apagados y las puertas abiertas de par en par. “La fábrica estaba vacía. Literalmente vacía”.
Juan recordó que los trabajadores tomaron la planta. Primero como protesta. Después como mecanismo de supervivencia. Con el paso de los meses entendieron que, si ellos abandonaban el lugar, la fábrica iba a ser saqueada pieza por pieza.
¿Cómo podía desaparecer una empresa de semejante magnitud? ¿Cómo una fábrica que había llegado a tener casi 700 trabajadores podía vaciarse de un día para el otro? Juan intentó encontrar respuestas por su cuenta. Leyó noticias, siguió causas judiciales y empezó a reconstruir, como pudo, una trama empresarial que para muchos trabajadores resulta difícil comprender del todo.
Habla de transferencias millonarias, de empresarios que aparecieron y desaparecieron durante la venta del Grupo Garbarino y de una sensación que todavía persiste entre muchos ex empleados. También de la idea de que Digital Fueguina nunca estuvo realmente dentro de los planes de quienes compraron la compañía.
Un cierre anunciado
“Nosotros sentimos que la planta quedó abandonada”. Para Juan, el deterioro comenzó mucho antes del cierre definitivo. La venta del grupo empresario durante la pandemia, las promesas incumplidas y la ausencia de inversión terminaron transformando la incertidumbre en algo irreversible. “Todo se vino abajo muy rápido”.
Entonces Juan baja la mirada. El silencio aparece de golpe, espeso, casi insoportable, como si dentro de la fábrica todavía quedaran cosas pudriéndose en la oscuridad. “La pasé mal… muy mal”.
Habla despacio, con la voz gastada. Cuenta que, por su edad, ya no conseguiría trabajo. Que sobrevivieron gracias a la ayuda de sus hijos y su madre jubilada. Que durante meses la vida se redujo a elegir entre comer o pagar el gas. Entre sostener la luz prendida o comprar un par de zapatillas. “No pude pagar ni la cuota del IPV”.
Entonces, agacha la cabeza, mira hacia el suelo. Parece contener algo antiguo, pesado, casi imposible de nombrar. Durante unos segundos da la impresión de que fuera a sollozar. “Un montón de factores que te hacen mierda… yo estaba muy mal. Muy estresado”.
En ese instante, el derrumbe de Digital Fueguina deja de parecer solamente una crisis industrial. Se transforma en algo más oscuro. Una maquinaria invisible capaz de devorar lentamente la vida de quienes quedaron atrapados entre sus ruinas.
El espectro de Carlos Rosales
La caída de Digital Fueguina estuvo ligada al derrumbe del Grupo Garbarino, comprado en plena pandemia por Carlos Rosales. La promesa empresarial hablaba de continuidad, inversión y reactivación. Pero para los trabajadores todo quedó reducido a llamados de WhatsApp, reuniones virtuales y promesas que nunca se concretaron.
Gisela Turina recordó aquellos meses como una “lenta caída hacia el vacío”. Primero fueron los retrasos salariales, después las vacaciones postergadas, más tarde los premios pagados en cuotas. Y finalmente, el silencio. “Pensé que era una crisis más. Como las que atravesaron otras fábricas. Nunca imaginé terminar en la calle de un día para el otro”.
Cuando habla del impacto personal, su voz se rompe. Durante algún segundo hace silencio. Mira hacia abajo, respira hondo, después intenta seguir. Tuvo que abandonar el alquiler, separarse de su hijo, irse a vivir a la casa de su madre. Reinventarse laboralmente mientras convivía con ansiedad, ataques de pánico y taquicardia.
“A mí me destruyó la vida”. La frase queda suspendida en el aire. No parece una exageración. Tampoco una metáfora. En Tierra del Fuego, quedarse sin trabajo a los cuarenta o cincuenta años puede convertirse en una condena silenciosa. Muchos trabajadores de Digital Fueguina llevaban más de diez años dentro de la planta. Algunos estaban cerca de jubilarse. Otros no pudieron volver a conseguir empleo estable. Muchos terminaron haciendo changas, manejando taxis o abandonando la isla.
Gisela recordó que incluso para trabajos simples los avisos laborales imponían límites de edad imposibles. “Buscaban recepcionista hasta 28 años. Yo ya tenía 40”.
Mientras habla de la fábrica, parece reconstruirla a través de los sonidos como si la memoria necesitara del eco de las máquinas para volver a caminar por esos pasillos vacíos. Las chicharras de las máquinas automáticas. El ruido del freón. Los Clark tocando bocina. El sonido metálico de las líneas de producción. Las conversaciones en el comedor. Los fumadores compartiendo un mate cocido afuera de la planta mientras hablaban del fin de semana o de cómo había jugado su equipo.
Entonces sucede algo extraño: la fábrica revive. Por un instante Digital Fueguina deja de ser ruina y vuelve a llenarse de trabajadores con guardapolvos azules caminando entre líneas de producción. Personas que se conocían hacía años. Que compartían cumpleaños, turnos rotativos y problemas cotidianos.
Después el recuerdo se desvanece. Y queda nuevamente el silencio.
Sin respuestas, sin esperanza
Quizás lo más brutal del conflicto no haya sido solamente la pérdida del trabajo, sino la sensación de abandono absoluto. Muchos trabajadores jamás recibieron telegramas de despido. Durante años continuaron figurando como empleados activos en ANSES y AFIP, aunque nunca cobraron salarios. Esa situación les impidió acceder al fondo de desempleo, asignaciones o ayudas sociales.
Era un limbo. “Ni empleados, ni despedidos” contó Gisela. “Simplemente atrapados”.
La quiebra formal decretada por la justicia parece cerrar una etapa, pero no necesariamente traer respuestas. Los trabajadores esperan que la liquidación permita cobrar indemnizaciones o atraer inversores que reactiven la planta. Aunque muchos ya no creen realmente en eso.
La esperanza aparece desgastada, como las paredes de la fábrica. Sin embargo, hay algo que todavía resiste: la memoria.
Porque cada vez que alguno de ellos pasa por el parque industrial, no ve solamente un edificio abandonado. Ve años de vida acumulados. Ve compañeros. Ve rutinas. Ve dignidad obrera. Gisela lo resume con una tristeza serena: “Extrañamos Digital”. No habla solamente de un trabajo. Habla de una vida que existió antes del derrumbe.
Rousseau escribió que el hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado. En Tierra del Fuego esas cadenas no siempre tienen la forma de leyes o gobiernos. A veces se parece a una fábrica vacía, a un salario que deja de llegar, a una indemnización que nunca aparece o a la incertidumbre de no saber cómo sostener a una familia al día siguiente.
Las ruinas de Digital Fueguina no hablan solamente del cierre de una empresa. Hablan de trabajadores que durante años construyeron una parte de la identidad industrial de la provincia y que quedaron atrapados en un limbo del que todavía esperan salir.
Tal vez por eso la fábrica sigue produciendo algo incluso estando vacía. Produce fantasmas. Los fantasmas de una provincia que durante décadas construyó identidad alrededor de la industria y que hoy observa cómo muchas de esas estructuras se convierten lentamente en ruinas. Ruinas donde todavía sobreviven ecos de bocinas, máquina y voces obreras que se niegan a desaparecer por completo.
* Estudiante de 3° año de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT 35. Nota realizada en el marco de la materia Prácticas Profesionalizantes II.