Las puertas están cerradas. El movimiento que durante años marcó el ritmo de la fábrica ya no está. En la planta de Aires del Sur, en Río Grande, el silencio comenzó a ocupar el lugar de los trabajadores.
Nadie se proyecta sin trabajo. Sin embargo, existen contextos cuyo desenlace es previsible, lo que permite al trabajador anticiparse y prepararse. Este caso es muy distinto, los operarios comenzaron su periodo vacacional el 26 de diciembre pasado, para volver el 23 de enero de este año. En el medio hubo situaciones que comenzaron a despertar preocupación, pero dentro de todo nada desconocido entendiendo la crisis del contexto actual y nacional; el atraso del pago de un premio sería lo que encendería la mecha para destapar una realidad, que, al parecer, solo la sabían los “de arriba”.
La noticia de que la planta estaría en refacción y, por ese motivo, se extenderían las vacaciones una semana más, alegró a los empleados como a cualquiera. Una segunda notificación para seguir aplazando el retorno a las actividades hablaba de una demora en la llegada de material; todo era raro y eso los comenzó a inquietar. Hasta que, finalmente, no se postergó más: simplemente no había fecha de regreso. Sabían que había dificultades, pero no esperaban enfrentarse a una realidad como esta.
“En el medio, estábamos de vacaciones y el 15 de enero teníamos que cobrar un voucher de 300.000 pesos; no había plata y ahí el cuerpo de delegados, junto con las organizaciones, comenzaron las denuncias en el Ministerio de Trabajo. En un principio con un buen diálogo, luego eso desapareció. Llegó el 15 febrero sin sueldo de enero, sin cuota de voucher, y ahí comienzan las asambleas pacíficamente y nos llaman a conciliación obligatoria. En el medio de esta conciliación obligatoria es cuando esta gente mete el escrito para solicitar la quiebra; se decide por asamblea la toma de la fábrica”, afirmó Maximiliano Uriona, delegado de la planta.
Con la presentación de la solicitud de quiebra se responde el interrogante que daba vuelta por ahí, pero que nadie se animaba a decir y era que quizás, tal vez, la patronal ya sabía de la situación desde antes de que los compañeros se fueran de vacaciones. Con esta noticia tan dura, el panorama terminó de aclararse. La incertidumbre que había estado presente desde el inicio se transformó en abandono, miedo y angustia.
Sostener la fuente de trabajo
La noticia de la quiebra solo trajo más incertidumbre. Al respecto el secretario General de la UOM Oscar Martínez aseguró que “si bien es cierto que se ha decretado la quiebra, que el síndico ha avanzado en la resolución que generara el juez de la quiebra. Al ir a la planta, la ha dejado en resguardo de los compañeros de la organización que se hicieron responsables en ese mismo acto y sin por ahora afectar a la realidad que estamos atravesando donde, ratificamos nuevamente, tenemos la firme decisión de seguir ocupando la planta en defensa de la deuda generada y de la continuidad productiva, independientemente de que esto no va a ser una situación fácil”.
Las casi 140 familias que conforman esta partecita del parque industrial, de manera arbitraria se quedaron sin su fuente laboral. Más del ochenta por ciento del personal son el único sostén de familia; el promedio de edad es de 45 y eso complica la posibilidad de conseguir un nuevo empleo. El escenario, mirado desde cualquier lugar, es demasiado complejo.
Hoy los protagonistas de esta historia, tienen otra realidad. A cuatro meses, siguen viniendo a la fábrica, no a cumplir su jornada laboral, sino en plan de lucha, sin sueldo, ni premio. Vienen con la expectativa de rescatar algo de todo lo que construyeron colectivamente durante estos años. Actualmente la fábrica Aires del Sur mantiene activos tres turnos, aunque no son con fines productivos. En lugar de fabricar, los trabajadores se organizan para permanecer dentro de la planta y evitar el cierre total.
“Estamos organizados por grupos que cubren tres horas cada uno, estamos acá las 24 horas”, afirman los empleados.
Desde cada puesto de trabajo perdido hay historias, rutinas y proyectos que se ven abruptamente interrumpidos. La crisis impacta, en primer lugar, en lo material: la incertidumbre sobre cómo sostener el hogar, pagar el alquiler, alimentos o servicios básicos. Sin embargo, sus efectos no terminan ahí.
Un cambio a la fuerza
El trabajo también cumple una función social. Es un espacio de pertenencia, de encuentro cotidiano donde se construyen vínculos y una identidad. A esto se suma el impacto anímico. La angustia, el estrés y la frustración aparecen frente a un futuro incierto y esto deja al descubierto que la crisis económica es también una crisis social y emocional. No se trata únicamente de números, sino de vidas atravesadas por la incertidumbre y la necesidad de reconstruirse en un contexto tan adverso como el actual.
“Te cambia todo. En mi caso, anoche no pude dormir porque la cabeza no dejaba de pensar. No sé cómo va a continuar mi vida, no sé qué voy a hacer, si me voy a quedar o ir de la provincia. En mi caso, tengo que ver si vendo la casa y me voy, o si vendo el auto y me quedo para intentar seguir adelante con esta situación” comentó Pablo Sigot, empleado de la planta.
Tras el cierre, muchos de los empleados de la fábrica se vieron obligados a reinventarse para sostenerse económicamente. Lejos de la estabilidad que ofrecía el empleo formal, hoy recurren a distintas alternativas: algunos manejan para aplicaciones de transporte, otros hacen changas o participan de ferias y emprendimientos de ventas para generar un ingreso diario. De esta manera, el cese de la actividad productiva, no solo dejó sin empleo a sus trabajadores, sino que los empujó a un escenario de informalidad. Para muchos, no se trata de encontrar trabajo, sino de aprender nuevamente a buscarlo.
“La situación, por el momento, es vivir el día a día. Hoy, con mi esposa, estamos elaborando comida para vender en la feria. Con la ayuda de la familia, tratamos de llevarlo de la mejor manera” señaló Maximiliano Torres.
En el mientras tanto, los trabajadores están recibiendo ayuda de distintos sectores, el módulo alimentario, subsidios para poder salvar el alquiler de 31 familias y que no queden en la calle, peluqueros que se ofrecen voluntariamente a prestarles el servicio de manera gratuita y en la mayoría de los casos la ayuda económica de los familiares. Para muchos, aceptar esa ayuda no resulta sencillo, la pérdida de estabilidad laboral y la necesidad de depender de otros genera un sentimiento de frustración, angustia y una sensación de haber perdido parte de la autonomía construida durante años de trabajo.
“Tener reflejado que no podés ir al supermercado y comprar lo que querés no es fácil. La cabeza es como que no sabe qué hacer, para donde ir, ni cómo hacer para generar plata. Es todo muy traumático”, señaló Pablo Sigot, trabajador afectado.
Por ahora el futuro es incierto en un escenario donde la preocupación crece tanto dentro como fuera de la fábrica.
* Estudiante de 3° año de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT 35, en el marco de la materia Prácticas Profesionalizantes II.