Por: Por Maria Esther Gonzalez*
El crujir de las piedras bajo las zapatillas se mezcla con el murmullo de las olas y el graznido de las gaviotas. El mar avanza y retrocede sobre la orilla, insistente. En la costa, todo sucede al mismo tiempo: movimientos, sonidos, olores.
Cámara en mano, me dispongo a atrapar, una vez más, la naturaleza en movimiento. La silueta de una mujer aparece por un extremo del encuadre. Tiene el cabello blanco y camina con paso firme, la mirada puesta hacia adelante.
No sabe que acaba de convertirse en la protagonista de mis pensamientos.
Las gaviotas hacen vuelos cortos. Algunas se elevan, otras permanecen en la orilla. Cada una parece tener su propio ritmo. Una ola rompe y dibuja un borde de encaje sobre la arena oscura. Después llega otra. Y otra. Son las diez de la mañana de un domingo cualquiera. El clima es agradable, casi no hay viento y el frescor leve reconforta. Caminar también es una manera de activar la creatividad: dejar que las ideas se muevan, se encuentren, tomen forma.
La imagen de aquella desconocida de cabellos blancos empieza a tirar de un hilo. Lo sigo. Como si hubiera encontrado la punta de un ovillo, una pregunta lleva a otra y, poco a poco, va hilvanando el encuentro de tres mujeres que todavía tienen mucho por contar. La de cabellos blancos, que cruza lentamente la escena, desaparece dejándome una inquietud.
Hay personas que, al llegar a esa etapa, se rebelan contra la condena social del descarte. Se resisten a que la vejez sea concebida como un tiempo de espera, un lugar donde la sociedad deposita a quienes considera que ya cumplieron su función.
Pienso en esos espacios que parecen ofrecer como único horizonte una mesa de juegos, una merienda para aplacar la soledad o actividades consideradas apropiadas para la edad. No cuestiono el encuentro, el entretenimiento ni el descanso. Rechazo que alguien pretenda convertirlos en las únicas posibilidades.
Tiro suavemente del hilo. La primera historia me espera en una universidad.
¿Y ahora qué?, se pregunta Ana
A sus 62 años, Ana no encaja en la imagen de fragilidad que tantas veces se atribuye a las mujeres mayores. La encuentro conversando en el hall de la sede de la UNTDF. Es menuda, de figura fuerte, acaso entrenada por tantos años de resistencia al viento fueguino. El cabello le revolotea sobre el rostro amigable y sus ojos parecen subrayar cada palabra que pronuncia.
Habla con pasión. Sigue estudiando, investigando, militando y proyectando.
Pero no siempre fue así.
Cuando se jubiló en febrero de 2017, después de una intensa trayectoria docente, por primera vez en muchas décadas no había escuela, horarios ni obligaciones esperándola.
—No había plan, no había proyecto.
Durante aproximadamente un año, su casa se convirtió en el territorio casi exclusivo de sus días. Miró series, ordenó papeles y ropa, cambió muebles, atendió todos esos pendientes domésticos que el trabajo había obligado a postergar.
Hasta que empezó a escuchar una voz interior:
—Yo no soy esto. Yo no me quiero quedar acá en mi casa, no quiero estar sola.
Entonces apareció la pregunta: ¿Y ahora qué?
Ana había llegado a Río Grande en 1988, con su título de maestra «chorreando tinta». Venía del conurbano bonaerense junto al padre de sus hijos. El proyecto inicial era quedarse dos años, alcanzar cierta estabilidad económica y regresar al norte en mejores condiciones.
Pero los proyectos también cambian cuando la vida comienza a echar raíces.
El arraigo empezó a gestarse con el nacimiento de su primer hijo. Fueguino. Riograndense. Un retoño nacido en esta tierra era como un fruto que, al echar raíces, comenzaba a enraizar también a toda la familia. Río Grande dejaba de ser el lugar al que habían llegado para convertirse, poco a poco, en el lugar al que pertenecían.
—Hoy me digo fueguina por elección. Y, dentro del horizonte fueguino, me denomino riograndense.
Pero volvamos a aquella pregunta que apareció después de su año de descanso.
En 2018 regresó a las aulas. Esta vez, como estudiante. El deseo de ser profesora de Historia seguía tan presente como cuando había surgido por primera vez, durante su último año de secundaria. En diciembre de 2022, se recibió.
—Todo lo que sé lo aprendí acá, en esta ciudad que amo profundamente.
Río Grande le había dado mucho más que trabajo. Aquí nacieron sus hijos y una maestra recién recibida había encontrado oportunidades para convertirse en secretaria, vicedirectora, participar en ferias de ciencias y talleres de lectura, y asumir responsabilidades dentro del Ministerio de Educación.
También investigó y escribió sobre la lucha por la paridad en Tierra del Fuego. Se unió al Partido Social Patagónico y reafirmó su compromiso con los ideales de igualdad, democracia y feminismo.
Por eso, cuando habla de su experiencia, no la considera una construcción individual. Sus conocimientos también son el resultado de una historia compartida con la comunidad.
¿Y ahora qué? La respuesta fue, nuevamente, el estudio. Este año se recibió de licenciada en Gestión Educativa. Sigue investigando, como alumna ayudante, los ciclos de protesta en la provincia entre 1978 y 2026. Entrena, sostiene una vida familiar y social activa, y disfruta conocer gente nueva porque, dice, esos encuentros renuevan sus saberes.
Golpean la puerta por tercera vez.
En la universidad cortaron el agua y la orden es tajante: hay que desalojar. De inmediato. La entrevista termina así, de golpe, por un imprevisto de infraestructura.
La veo alejarse bajo la lluvia con el paso firme y me quedo con una certeza casi desesperada: en el mundo hacen falta muchas más Anas.
Su historia deja una pregunta abierta: ¿Qué espacios ofrece la sociedad para que los saberes acumulados durante toda una vida sigan encontrándose con los de otras generaciones?
El hilo continúa. Esta vez me lleva hasta una cancha.
La revancha de la red
Alejandra parece responder desde otro lugar. También habita esa liviandad de quien ya no necesita empujar la vida con la urgencia de otros tiempos.
Es alta, vital, de cabello largo y una mirada franca. Hay algo en su manera de contar que transmite entusiasmo, incluso cuando recuerda sus dificultades.
—Llegué a Río Grande cuando tenía diez años, hoy tengo 68. Me recibí de licenciada en Ecología en la Facultad de La Plata.
Su trayectoria laboral transcurrió entre oficinas municipales y dependencias provinciales. Conoce desde adentro el entramado de las políticas ambientales y reconoce avances en la conciencia colectiva sobre el cuidado del entorno.
Pero también señala una deuda pendiente: que la voluntad política se traduzca en decisiones concretas y sostenidas en el tiempo.
Cuando llegó la jubilación, hizo algo que desacomoda la idea tradicional del retiro: continuó trabajando durante un año, ad honorem. No se trataba de prolongar una carrera laboral, sino de seguir vinculada con una profesión que amaba.
—No dejé de estar en actividad nunca.
Después continuó formándose. Durante tres años cursó estudios de Resolución de Conflictos y Mediación en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, mientras sostenía su entrenamiento físico.
Hasta que una propuesta inesperada abrió otro camino.
—¿Por qué no arman un equipo de newcom?
—¿New… qué? —preguntó Alejandra.
La idea surgió hace dos años, durante un asado en el Centro de Antiguos Pobladores. No sabía de qué le estaban hablando, pero quería encontrarse con personas de su edad, compartir una actividad, pertenecer a un grupo.
Y se animó.
—¡Soy mala para los deportes! ¡Mala! —recuerda entre risas.
En la escuela, mientras sus compañeras disputaban partidos de vóley, ella permanecía en la periferia del juego, entretenida en pasar la pelota contra una pared.
Por eso tuvo que aprender desde cero. Tan desde cero que conseguir que la pelota atravesara la red era una pequeña victoria.
Junto con otros compañeros formaron un equipo al que llamaron «Yewarsi». Según cuenta Alejandra, significa «amistad» en lengua selk'nam.
El nombre parecía anticipar lo que iban a encontrar allí: risas, equivocaciones, diferencias, aprendizajes compartidos.
—Si hay algo que me interesa, entonces tengo que estudiar, tengo que conocer.
Y Alejandra hizo con el newcom lo que parece hacer con todo aquello que despierta su curiosidad: se puso a estudiar. Realizó cursos y capacitaciones vinculados con el deporte, mientras intentaba enseñarle a su cuerpo movimientos que nunca había practicado.
—No importa. Cada vez lo entiendo más, ya me va a salir. Nunca tuve condición física, pero estoy segura, porque soy dura, de que lo voy a lograr.
Sin embargo, cuando habla de lo que encontró en el newcom, pronto deja de referirse a la técnica. Habla de los otros.
Porque el ejercicio fortalece músculos y articulaciones, pero el equipo le ofrece algo que no se mide en resultados deportivos: el sentido de pertenencia.
—Mi miedo es quedarme. Entonces busco entrenar acá —dice, refiriéndose a la cabeza— y al cuerpo.
La mujer que durante buena parte de su vida se había considerado enemiga del deporte encontró, después de jubilarse, un lugar donde jugar, equivocarse, aprender y cuidar a quien tiene al lado.
La red que alguna vez le pareció tan difícil de atravesar terminó uniendo los dos lados de la cancha.
Pienso que hay hilos que sirven para unir y otros que, cuando se tensan demasiado, terminan limitando nuestros movimientos. Alejandra eligió no quedarse atrapada en la idea de lo que nunca había podido hacer.
Pero su historia también deja otra inquietud: ¿por qué alguien que conserva conocimientos, experiencia y deseos de contribuir debería encontrar como única posibilidad de continuidad laboral el trabajo gratuito?
La pregunta queda suspendida mientras sigo desenrollando el ovillo.
Liliana: hay clases que duran toda la vida
Llego a su casa y, antes de comenzar la entrevista, el lugar parece ofrecer algunas pistas sobre la mujer que estoy por conocer.
Un dibujo de su hijo realizado por ella misma. Una pintura que también lleva su autoría. Y libros. Muchos libros alrededor, como guardianes silenciosos de un conocimiento acumulado durante años. El arte, los afectos y la lectura conviven en un mismo espacio.
Liliana está recién jubilada y actualmente cursa dos maestrías. No quiere dejar de aprender. Tampoco cree que la jubilación deba significar el final de sus aportes a la sociedad.
—No es un obstáculo, sino una nueva etapa con nuevos proyectos. Jubilarse es «jubileo».
Se recibió a los 49 años, mientras criaba tres hijos, cuidaba a su madre, que tenía Parkinson y utilizaba una silla de ruedas, y acompañaba a su marido, que había sufrido un infarto después de la quiebra de su pequeña empresa, en el contexto de las políticas económicas del menemismo.
Todavía no sabe cómo lo hizo. Recuerda que dormía apenas dos o tres horas. Durante la madrugada alternaba las tareas domésticas con el estudio.
Una vez, su marido le dijo:
—Lili, vos nunca te tendrías que haber casado.
Ella lo miró.
—Porque vos tenés un amante fiel: tu estudio y tu trabajo.
Recuerda la frase sin ofenderse. Hay algo de reconocimiento en esa observación doméstica: una manera de nombrar una pasión que había sobrevivido a las obligaciones, las preocupaciones y las noches sin descanso.
—Yo soy producto de la educación pública, de la educación popular.
Durante sus años de docencia procuró aprender de sus estudiantes tanto como enseñarles.
Recuerda que llevó el tango a una escuela secundaria. Los adolescentes, acostumbrados a la cumbia y al hip hop, pensaron que estaba loca. Ella buscó un puente: el lenguaje, el lunfardo, las historias que atraviesan distintas expresiones de la música popular.
Les habló del abrazo, del encuentro entre dos cuerpos, de la posibilidad de acercarse a algo que hasta entonces sentían ajeno.
No se trataba solamente de enseñarles a bailar. Se trataba de encontrar una puerta. Esa parece haber sido una constante en su vida: buscar la manera de entrar donde otros ven una pared.
La educación le permitió construir una trayectoria. Sus estudiantes, a su vez, transformaron su manera de mirar el mundo. En ese intercambio reside algo que ningún trámite jubilatorio puede cancelar: el conocimiento crece cuando circula.
Liliana no desconoce los cambios que trae la edad. Sabe que el cuerpo se transforma. Lo que no acepta es que esos cambios se conviertan en una sentencia anticipada.
—Siempre vamos a seguir aprendiendo, hasta el último día.
A casi dos décadas de su primer título universitario, cursa dos maestrías. En una, espera la devolución de su plan de tesis. En la otra, continúa trabajando sobre una preocupación que conoce desde adentro: la educación de las personas adultas.
—Jubilarse es «jubileo» —repite.
La palabra suena a celebración. Pero una celebración difícilmente pueda construirse sobre una renuncia impuesta por el sistema que dice «hasta acá».
¿Por qué una mujer que dedicó su vida a la educación, que continúa formándose y que todavía desea compartir sus conocimientos debería quedar al margen de los espacios donde esos saberes podrían seguir creciendo?
No se trata de exigirle que trabaje. Se trata de reconocer su derecho a decidir.
Ana, Alejandra y Liliana demuestran que los saberes circulan en ambas direcciones. Ellas también aprenden de quienes las rodean. Los hilos de distintas generaciones se cruzan, se anudan, se transforman. Así se construye un tejido social. Pero ese tejido necesita algo más que buenas intenciones. Necesita políticas públicas que reconozcan el valor de la experiencia y abran oportunidades concretas para quienes, después de jubilarse, desean continuar trabajando, investigando, enseñando o participando de proyectos comunitarios.
Vuelvo a mirar el mar.
Las gaviotas sobrevuelan la costa y, por un instante, el blanco de sus alas me recuerda las cabelleras de aquellas mujeres que siguen estudiando, investigando, jugando, enseñando.
Mujeres ya no necesitan empujar la vida con la urgencia de otros tiempos, pero que tampoco han decidido quedarse quietas.
La de cabellos blancos continúa ahora su caminata por la orilla, fuera de los límites del encuadre. No parece tener prisa.
Las gaviotas siguen eligiendo la forma de su vuelo. No necesitan demostrar que todavía pueden volar.
* Crónica elaborada en el marco del espacio Comunicación Escrita II de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT 35