Por: Por Nestor Sotomayor*
Jokten nació a fines de 2013, cuando un grupo de amigos decidió experimentar con la elaboración de cerveza artesanal en Río Grande. En ese momento, el movimiento cervecero todavía no se había expandido en la ciudad y la oferta se concentraba principalmente en cervezas lager. La iniciativa nació como un hobby, pero con el tiempo se transformó en un emprendimiento que sus fundadores continuaron sosteniendo durante más de una década.
“Jokten nace de una charla entre amigos tratando de hacer algo nuevo”, recordó Guillermo Lambert, socio fundador de la marca.
Al principio realizaron ensayos muy simples y con pocos conocimientos. La primera producción se hizo en su casa, dentro de una habitación, con dos ollas, recipientes pequeños, un videotutorial y muchas dudas. Las primeras cervezas no alcanzaron la calidad que esperaban, pero representaron el comienzo de un proceso de aprendizaje.
“No eran de buena calidad, pero sí daban muchas alegrías, porque estábamos contentos de haber producido nuestras primeras cervezas y de poder compartirlas con amigos” contó Guillermo. A partir de esas experiencias, los socios comenzaron a capacitarse, a corregir errores y a pensar en la posibilidad de transformar aquella actividad inicial en un proyecto más serio.
Maximiliano Andrada, también socio y dueño de la cervecería, explicó que la decisión de producir cerveza estuvo relacionada con el gusto personal de ambos y con la poca variedad que existía en la ciudad. “Había muchas cervezas lager, pero había muy poco de ale y muy poco de las cervezas negras, un poco más densas”.
Del hobby a la fábrica
El crecimiento de Jokten se produjo de manera gradual. Los socios comenzaron con un equipo de 50 litros, en una etapa en la que debieron aprender a partir de lecturas, cursos y numerosos intentos. Las primeras producciones también estuvieron atravesadas por problemas de contaminación, provocados por el desconocimiento sobre la sanitización de las mangueras y los fermentadores.
Con el tiempo lograron ajustar las recetas y pasaron a trabajar con equipos de 100 litros. Las cocciones se realizaban cada 15 o 20 días, cuando quedaba disponible un fermentador. Actualmente, la fábrica cuenta con un equipo de aproximadamente 300 o 350 litros y fermentadores de mayor capacidad. Según los dueños, la planta podría alcanzar una producción cercana a los 1000 litros mensuales, aunque algunas limitaciones propias de una empresa pequeña impiden utilizar todo su potencial de manera permanente.
El nombre de la marca también está relacionado con la identidad fueguina. Guillermo explicó que la denominación inicial no pudo registrarse porque ya existía. Entonces comenzaron a buscar otra alternativa y surgió Jokten. La elección del nombre recupera parte de la historia familiar de Maximiliano Andrada, cuyos antepasados pertenecían al pueblo selk'nam. Según explicó el cervecero, utilizaban el tayú, un junco de la zona, para elaborar cestas que servían para recolectar frutos silvestres, como el calafate.
La elección de Jokten también respondió a la sonoridad del término. “Nos gusta como suena, esa cosa ruda, tosca y seca”. El significado y la relación con un elemento utilizado para contener y recolectar terminaron de darle al nombre una identidad vinculada con la historia de la región.
Un lúpulo cultivado en Río Grande
La principal diferencia que los socios reconocen en su cerveza no está en la elaboración de un estilo completamente nuevo, sino en la utilización de lúpulos cultivados en la ciudad. La reproducción de esa materia prima comenzó en un invernadero que pertenecía al hermano de Guillermo y que se encontraba parcialmente abandonado. El primer intento se produjo cuando Guillermo compró rizomas de lúpulo en el Bolsón y plantó diez ejemplares de la variedad Cascade junto con su hija.
Las plantas no sobrevivieron. “Fue un fracaso total”, recordó. Sin embargo, el resultado no los llevó a abandonar la idea. Al año siguiente cambiaron el procedimiento: iniciaron los rizomas dentro de la casa, protegidos del frío, y recién los trasladaron al invernadero cuando alcanzaron aproximadamente un metro de altura. A pesar de contar con poca información específica, las plantas lograron crecer y produjeron sus primeras flores. Desde entonces, los socios continuaron probando variedades y registrando cuáles se adaptaban mejor a las condiciones de Tierra del Fuego. Bullion y Cascade fueron las que mejor respondieron, mientras que otras no alcanzaron un desarrollo suficiente.
El cultivo del lúpulo en Río Grande presentaba dificultades particulares. Guillermo explicó que el principal problema no era el frío ni la falta de horas de luz, sino el viento. La fuerza de las ráfagas podía destruir las flores, por lo que el cultivo debía realizarse bajo un techo cubierto. Esa decisión generaba nuevos desafíos, como el control de plagas y la necesidad de mantener una alimentación adecuada para una planta que consumía grandes cantidades de nitrógeno.
Para resolver esas dificultades, los socios contaban con el asesoramiento de un ingeniero agrónomo especializado en lúpulo. Guillermo le enviaba fotografías de las plantas y recibía indicaciones sobre los cuidados necesarios. “Es complejo, pero tampoco es imposible. Cuestión de ir ajustando las ecuaciones para que esas plantas sigan prósperas”.
El lúpulo producido en el invernadero se utiliza principalmente para aportar aromas a la cerveza. Los socios buscan que los aceites esenciales de las flores pasen a la bebida sin generar un amargor excesivo. Para eso, incorporan el lúpulo durante distintas etapas del proceso, tanto con cerveza caliente como durante la fermentación.
Para Guillermo, producir parte de la materia prima representa uno de los mayores logros del emprendimiento. La primera experiencia había terminado con la muerte de las plantas y varias de las variedades posteriores tampoco habían prosperado. Sin embargo, el proceso les permitió aprender. “Esto es prueba, error, conocimiento: aprendes, levantas la información y seguís para adelante”.
Sostener una producción local
El crecimiento de Jokten se produjo en un contexto económico que había dificultado el sostenimiento de los pequeños emprendimientos. Maximiliano explicó que las cervezas artesanales debían competir con productos industriales e importados que llegaban a las góndolas a precios menores. Mientras una lata de Jokten podía superar los 4000 pesos, otras cervezas se ofrecían a valores considerablemente más bajos.
Guillermo también señaló que Río Grande tiene un mercado reducido y que la condición insular complica el traslado de la producción hacia otras ciudades. La ubicación de Tierra del Fuego y el régimen aduanero generan obstáculos para enviar cerveza al continente. A esas dificultades se suman los costos de la maquinaria necesaria para aumentar la producción de latas.
La situación económica también modificó el consumo. Según Guillermo, cuando las familias deben elegir entre comprar alimentos o cerveza, la bebida deja de ser una prioridad. Aun así, los socios continuaron buscando estrategias para sostener la fábrica y mantener sus productos en circulación.
La cerveza puede conseguirse en algunos comercios de Río Grande, entre ellos Sabor Campestre, Vinitos Nave 4, un espacio que además ofrece música en vivo durante los fines de semana. También se vende directamente en la fábrica, ubicada en Paso de los Andes 4138
El proyecto de los dueños consiste en aumentar la producción de latas y encontrar un sistema que les permita llegar a otros mercados. “Nuestra idea principal es poder exportar nuestras latas, llegar más allá y cruzar al otro lado del continente, con todo el desafío que eso implica”, explicó Guillermo.
El acompañamiento de los comercios
Esteban, dueño de Sabor Campestre, conoce la cerveza Jokten desde hace varios años y la considera una de las más destacadas de la ciudad. El comercio comenzó a trabajar con la marca hace más de un año, cuando los socios empezaron a ofrecer sus productos en botellas y latas. La incorporación no respondió únicamente a la demanda de cerveza artesanal. Sabor Campestre también tiene una propuesta basada en el acompañamiento a productores locales de distintos rubros.
El comercio ofrece picadas, empanadas de elaboración propia, menú diario y productos para llevar. Además, incorporó alimentos y objetos producidos por emprendedores de la provincia, como café, gin, chocolate, productos ahumados, mates y artículos de lenga.
“Si todos los comerciantes toman un cierto porcentaje de mercadería de productores locales, es una pequeña colaboración de cada uno, pero un gran aporte para el productor local” explicó Esteban. Desde su perspectiva, los vínculos comerciales permiten que los emprendimientos crezcan y compensen las dificultades para vender fuera de la provincia.
Los clientes reaccionan de manera positiva cuando encuentran una cerveza producida en Río Grande. Muchas personas preguntaban específicamente qué opciones locales había disponibles. Entre las características más valoradas de Jokten se encuentra la producción propia de lúpulo; el aroma puede percibirse apenas se abre la lata, incluso antes de servir la cerveza en un vaso.
El comerciante también observa una diferencia entre trabajar con una marca industrial y hacerlo con un emprendimiento artesanal. Las empresas grandes ofrecen mayor seguridad de stock y distribución, mientras que los productores locales todavía atraviesan dificultades para sostener el abastecimiento. Sin embargo, Esteban considera que esa limitación podría compensarse con la calidad y la identidad de los productos.
Para él, el crecimiento de los productores locales requiere tiempo, organización y confianza. Algunos emprendimientos todavía no cuentan con vendedores, repartidores ni una cantidad de stock suficiente para abastecer a los comercios durante toda la semana. Aun así, entiende que es necesario darles un espacio para que puedan desarrollarse.
“Que apuesten”, fue el mensaje que Esteban dirigió a otros comerciantes que todavía no trabajaban con productos de la ciudad. Considera que acompañar a los emprendedores no solo significa ayudar a una persona o a una empresa, sino también contribuir a recuperar fuentes de trabajo y fortalecer la economía local.
Un proyecto que continúa
Después de más de diez años de pruebas, aprendizajes y dificultades, Jokten continúa buscando una forma de crecer sin perder su identidad. Entre sus próximos objetivos están aumentar la producción de latas, sostener los vínculos con los comercios y encontrar caminos para superar las dificultades de transporte y comercialización. Mientras tanto, la cerveza sigue circulando en algunos locales de la ciudad y llega a consumidores que buscan una alternativa producida cerca de sus hogares.
Para sus dueños, el objetivo es que Jokten se convierta en la cerveza de Río Grande y que el emprendimiento pueda generar nuevas fuentes de trabajo. Para Esteban, acompañar ese proceso desde los comercios es una manera concreta de fortalecer a quienes producen en la ciudad. Entre la fábrica, el invernadero y las góndolas, Jokten construyó una historia de producción local basada en la perseverancia y en la decisión de seguir intentando.
*Estudiante de 3° año de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT35. Nota realizada en el marco de la materia Prácticas Profesionalizantes II