Por: Por Alvaro Aguilar*
Como toda producción, la confección de prendas y abrigos de lana no puede limitarse tan solo a una cara de la misma. No se puede pasar por alto el trabajo del primer momento de la producción: el campo. Para conocer sobre este primer trabajo, Andrés Aguilar, peón de campo y esquilador que pasó por la mayoría de estancias fueguinas y patagónicas contó sobre el proceso de esquila y el trabajo de campo que sirve la materia prima de estas prendas.
“Primero se junta la hacienda, se lleva el rebaño hacia los corrales y de ahí se va pasando al galpón de esquila. Ahí ya está todo preparado: las máquinas, los esquiladores, la mesa donde se recibe la lana”. Así lo relató Aguilar, poniendo énfasis en lo temprano que arranca su jornada laboral y explicó que la temporada de esquila “es un trabajo bastante organizado porque si se atrasa una parte, se termina atrasando todo”.
Una vez allí, esquiladores y trabajadores cumplen distintas tareas que van desde retirar la lana, recibir los vellones, extenderlos, acondicionarlos y clasificarlos. Este es un proceso que requiere coordinación y conocimiento. La oveja debe ser trasladada y, una vez dentro del galpón, pasan de a uno por el sector donde trabajan los esquiladores. La esquila en sí, no se predefine concretamente, pues el momento de esquilar está condicionado por el estado de los animales y, como explica Andrés, por las condiciones climáticas.
“No es solamente decir ‘esquilamos en tal mes’ y listo. Justamente en nuestra isla, el clima es lo que define cuándo empezamos la esquila, o sea, no podés olvidarte de que después de sacarle toda la lana al animal queda mucho más expuesto al frío de campo que es muy bravo”.
La técnica del oficio y la experiencia
Actualmente la esquila se realiza mediante máquinas eléctricas que buscan obtener el vellón lo más entero posible. En las estancias de la Tierra del Fuego se trabaja con esquila desmaneada y técnicas del tipo Tally-Hi, que permiten retirar la lana sin atar las patas.
“Hay gente que viene de familia de campo y ya tiene el oficio aprendido desde chico, y otros que empiezan de ayudantes y después van aprendiendo a esquilar. No es solamente saber usar una máquina. Tenés que aprender a manejar al animal, saber cómo posicionarlo y cómo pasar la máquina para no lastimarlo y para sacar bien la lana”.
La actividad exige un importante esfuerzo físico debido a los repetitivos movimientos que el esquilador debe hacer, se levantan animales, se manipula la lana y se permanece durante muchas horas trabajando.
“Durante la temporada tenés que mantener un ritmo porque hay una cantidad importante de animales que esquilar. Lo más difícil es mantener el ritmo durante muchas horas. También el cansancio físico. La espalda, los brazos, las piernas... todo trabaja” describió Andrés y agregó que en una jornada puede esquilar entre 70 y 90 ovejas con las máquinas eléctricas.
Del cuerpo de la oveja a la mesa de acondicionamiento
Finalmente, una vez retirado, el vellón todavía está lejos de convertirse en hilo. El material es llevado a una mesa de acondicionamiento, donde se abre y se revisa para eliminar las partes con mucha suciedad, restos vegetales, fibras de otras zonas del animal y otros materiales que puedan afectar la calidad.
“Después de retirar la suciedad de la lana, se clasifica y se enfarda. Y ahí depende del destino. La estancia vende la lana como materia prima y puede pasar por alguna textil o una industria o también puede llegar a gente que la utiliza artesanalmente”.
Es así como se trabaja la lana como materia prima en nuestra provincia. “Una cosa es la lana recién esquilada y otra muy distinta es la lana que vos encontrás en una tienda lista para tejer” aclaró Andrés. La diferencia es importante ya que entre una y otra existen procesos que modifican el material y permiten que pueda convertirse en hilo y posteriormente en una prenda.
El segundo proceso: transformar la materia prima
Una vez que el vellón pasa el primer proceso de limpieza, es puesto en venta para las productoras textiles y los artesanos para dar inicio al siguiente paso de la producción: el hilado y la confección de las prendas. Ese es el camino que conoce María Miranda, artesana de lana local, quien trabaja de manera independiente y realiza pulóveres, chalecos, gorros, medias y otras prendas. Su trabajo comienza con la lana cruda que adquiere. “Al comprar recibo la lana cruda que ya está prelavada, no tiene la suciedad propia de la oveja”.
Al recibir el vellón crudo, María lo extiende y lo pasa por una escarmenadora, una máquina que permite abrir y acondicionar la lana. Después llega el momento del hilado, para el cual utiliza una rueca de hilar a motor que transforma las fibras en hilo. Pero el proceso hilado no termina allí, pues una vez obtenido el hilo, se debe torcer para darle mayor grosor, especialmente cuando se utilizará para prendas más pesadas.
“Primero, la lana cruda se hila. Para eso uso una Rueca de Hilar, que trabaja a motor y va hilando. Luego se debe torcer la lana, con dos ovillos ya hechos, para hacerla más gruesa y poder trabajar en pulóveres y todo eso”.
La preparación continúa con el armado de las madejas. La artesana utiliza un aspa para ordenar el hilo y convertirlo en una madeja que posteriormente será lavada. “Para hacer todo esto hay que hilar mucho. Yo hilo hasta llenar cuatro ruecas y después empiezo a hacer la madeja con un aspa artesanal que hicimos con un palo de escoba como palo central y dos ramas gruesas de un limonero que sirven como los brazos del aspa. Luego empiezo a lavar y una vez lavado empiezo a tejer.”
Recién entonces comienza otra de las etapas centrales: el tejido.
Dos kilos para un pulóver: los números de la inversión
La cantidad de materia prima necesaria permite dimensionar el trabajo que existe detrás de una prenda. Miranda calcula que necesita “Más o menos dos kilos para hacer un pulóver, contando todo lo que se pierde en el lavado y al hilar y torcer la lana”.
Tomando ese rendimiento como referencia para su producción, diez pulóveres requerirían alrededor de 20 kilos de materia prima; 50 prendas, unos 100 kilos; y 100 pulóveres, aproximadamente 200 kilos. Se trata de una estimación basada en el trabajo de la artesana, ya que el rendimiento puede variar según el tipo de lana, la prenda y el proceso utilizado.
Pero el material es solamente una parte de la ecuación. También están las horas de trabajo. “Yo soy rápida para tejer; en una semana por ahí si me dedico todo el día, todos los días, termino un saquito. Y hacer los chalecos, unos 3 días más o menos, 2 días depende.” La elaboración artesanal también tiene una dimensión económica. Actualmente, según indicó durante la entrevista, “un pulóver, así con manga, ahora estoy cobrando 250.000 pesos, de ahí para abajo, ese es el techo”.
Los colores también son nuestra tierra
El trabajo artesanal no termina necesariamente con la utilización del color natural de la fibra. Miranda también realiza teñidos utilizando elementos naturales. Entre ellos menciona el calafate y la barba de viejo.
Para teñir, prepara previamente la madeja y coloca el material utilizado para obtener el color en agua. En el caso del calafate, explica que puede utilizarlo dentro de una tela para evitar que se disperse completamente en el agua.
“Para teñir la lana, no con anilinas ya que me gusta que sean naturales, yo lo pongo un día antes en una olla agua cuando ya tengo la madeja hecha, antes de eso, ya está el calafate dentro, y yo lo hago una pelotita con algo, generalmente una tela, para que no se disuelva todo en el agua”.
El proceso continúa con el calentamiento del agua y un período de reposo antes de retirar la madeja. Después se enjuaga con agua fría. El cuidado también continúa una vez terminada la prenda: María recomienda evitar el agua caliente y utilizar agua tibia y poca cantidad de jabón para reducir el riesgo de que el color se pierda.
Las prendas elaboradas por Miranda se comercializan mediante pedidos y en ferias de productores. “Trabajo algunos a pedido, ya sean buzos y chalecos, sobre todo. Y también voy a las ferias de productores”, contó. Una de las últimas ferias en las que participó fue realizada en la Rural de “La Oveja Negra”, en el marco de una jornada vinculada al sector productivo. Allí compartió espacio con otros productores.
El vínculo con quienes trabajan en el campo también forma parte de su circuito de comercialización. Según cuenta, algunos de sus compradores son personas vinculadas directamente con las estancias. Actualmente también se encuentra trabajando por encargo en hilado de lana cruda.
El valor detrás de una prenda
El recorrido de la lana permite observar una cadena de trabajo que comienza mucho antes de que un producto llegue a una feria o a las manos de un comprador. En la estancia intervienen quienes reúnen y trasladan los rebaños, los esquiladores y las personas encargadas del acondicionamiento, clasificación y enfardado. Luego pueden intervenir transportistas, compradores, trabajadores vinculados al procesamiento y, finalmente, artesanos que convierten la materia prima en un producto terminado.
Para Andrés Aguilar, esa cadena muchas veces permanece invisible para quien observa solamente la prenda. “Alguien ve un pulóver y piensa en el pulóver. Pero antes de eso hubo una oveja, hubo una esquila, hubo gente trabajando en el campo, hubo alguien que acondicionó la lana, alguien que la clasificó, alguien que la transportó y después quizás alguien que la lavó, la hiló y la tejió.”
Esa mirada permite entender la lana no solamente como una materia prima, sino como el resultado de una cadena productiva en la que intervienen distintos oficios. “Lo interesante es que la lana no termina su recorrido cuando sale del campo. En realidad, ahí empieza otra etapa”.
En ese segundo recorrido, el material puede transformarse nuevamente dentro del territorio: un vellón se convierte en hilo; el hilo, en una madeja; la madeja, en tejido; y el tejido, finalmente, en una prenda.
Entre una oveja y un pulóver hay mucho más que lana. Hay un oficio aprendido y transmitido, jornadas de trabajo físico, conocimiento sobre los animales, preparación de la materia prima y horas dedicadas a transformar una fibra en abrigo. Y cuando esa prenda llega finalmente a una feria o a un comprador, también lleva consigo una parte de todo ese recorrido y un pedazo más de nuestro suelo.
*Estudiante de 3° año de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT35. Nota realizada en el marco de la materia Prácticas Profesionalizantes II