Por: Darío López
Creí que al atravesar estas puertas mi vida se sumergiría en la oscuridad absoluta; pensaba que tendría que apagar las ventanas de mi inteligencia y poner la mente en piloto automático. Hoy quiero desmitificar ese prejuicio: en el encierro se cierran las puertas de hierro y los portones, pero la única que verdaderamente requiere una llave física es la de la libertad corporal. La mente sigue siendo libre. Qué tan alto volar o qué tan elevados construir los muros depende del empeño y la voluntad de cada persona privada de la libertad.
Cuando escribo, los pensamientos, los anhelos, la creación artística y los recuerdos caminan sin cadenas por donde quieren. Sé que compartimos un mismo barco navegando en medio de la tormenta; sé que parecemos vulnerables e insignificantes frente a la inmensidad del contexto. Pero también sé que nos mueve la convicción firme de invitar a más personas a subir a este bote. A pesar de la fragilidad, la capacidad humana de reconstruirse es inagotable. Nunca hay que cerrar el libro por pensar que el libro se ha terminado; siempre existe la oportunidad de redactar un nuevo capítulo. Tal vez las páginas previas hayan estado marcadas por el drama o la tragedia, pero en todo libro auténtico siempre hay espacio para la resiliencia y la transformación. Como cita aquel dicho que me acompaña a diario: “Si no puedes volar, corre; si no puedes correr, camina; si no puedes caminar, gatea; pero siempre, siempre continúa moviéndote”.
Sin embargo, para sostener ese movimiento y hacer efectiva la reconstrucción personal y profesional, nos topamos con un muro invisible pero determinante: el aislamiento digital.
Confrontar la realidad de un mundo hiperconectado e impulsado por la Inteligencia Artificial con la desconexión punitiva es una paradoja insostenible. Privar del acceso a redes sociales y herramientas de comunicación digital orientadas al estudio o al ejercicio profesional no es un mero entretenimiento; se trata de cortar el canal primario de formación académica, producción cultural e inclusión social del siglo XXI.
Cuando una persona está privada de su libertad, su mente ya no funciona del mismo modo. Las decisiones dejan de estar plenamente en sus manos y el rendimiento emocional y mental suele depender del peso de la condena. No es lo mismo cargar con un año que con décadas. A veces ese peso quiebra. La vida ha golpeado tanto a algunos que deciden quedarse en el suelo por un tiempo; otros intentan levantarse, caen y vuelven a intentar. Y hay quienes, por momentos, sienten que no podrán levantarse nunca más.
Es urgente diferenciar entre la supervisión y seguridad necesarias dentro de un establecimiento penitenciario y el bloqueo total que anula el ejercicio profesional, la práctica formativa y la expresión artística legítima. En disciplinas como la Comunicación Social, la literatura o la edición digital, crear contenidos en un entorno que censura o restringe por completo el canal de difusión convierte el derecho a comunicar en un acto de resistencia creativa contra la corriente. La integración de herramientas de edición, producción musical e Inteligencia Artificial permite transformar la experiencia del encierro en producción de valor real para la sociedad, una cultura carcelaria que no es la que muestran todos los medios de comunicación, una cultura carcelaria que no genera likes.
¿De qué concepto de reinserción social hablamos si se bloquea el desarrollo de competencias digitales esenciales? Si el objetivo supremo de la educación en prisión es preparar a la persona para reencontrarse con la comunidad exterior, privarla del ecosistema digital actual no hace más que profundizar una brecha laboral y social irreparable al momento del egreso. Cortar la red no es solo restringir una plataforma; es imponer una pena de obsolescencia técnica que anula el futuro, nos deja inmersos dentro de una burbuja que nos encerraría dentro del día que nos bajaron el martillo.
No pidamos a quienes buscan formarse dentro del encierro que respondan a las exigencias de la Educación 4.0 mientras se los condena a estudiar y producir desde las dinámicas del siglo XIX. La verdadera inclusión comienza garantizando que el conocimiento y las vías de comunicación digital no queden del otro lado de los muros. La producción de textos en contexto de encierro demuestra que la capacidad de análisis y la rigurosidad profesional no dependen de la disponibilidad de tecnología de punta, sino de la agudeza de la mirada y el compromiso con la verdad narrativa. La palabra escrita se consolida así como el principal puente entre el espacio cerrado de la celda y el debate público exterior.
Porque la palabra, cuando se forja a fuerza de intemperie y verdad, siempre encuentra la grieta del muro para abrirse su propio cauce.
Imagen: Creada con IA