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sábado 8 de agosto de 2026 - Edición Nº2803

Opinión | 8 ago 2026

HISTORIAS DESDE ADENTRO

El sudor de los dignos y el llanto sagrado

15:28 |Desde adentro, con algunas semanas de distancia, un repaso de la final de Mundial de Fútbol y lo que dejó la scaloneta en su profunda comunión con la gente. “Se cayó peleando como los grandes, con diez valientes abrazados en el suelo, honrando las Islas, la camiseta y a un pueblo entero que, aun en el llanto, sabe que este equipo nunca lo dejó tirado”, dice el autor.


Por: Darío López

Hay derrotas que tienen la textura del barro y la dignidad del hierro. Cuando la garganta se te anuda y las lágrimas amenazan con brotar, no es únicamente por la copa que no fue; es por el dolor, el de haberlo entregado todo hasta dejar la piel en el alambre, y el alma en cada pelota. Porque para entender esta lágrima, primero hay que mirar la bandera, ese símbolo patrio que nos hace llorar cuando se blande como una espada que corta con doble filo.

Esta camiseta no es solo tela; lleva bordado el viento helado del Sur, las cruces de los pibes de Malvinas y esa mística sagrada con la que le sacamos pasaje de ida a Inglaterra en la ronda previa. Un triunfo donde la memoria, se hizo fútbol, y los fantasmas del pasado encontraron, aunque fuera por noventa minutos, una caricia de aire para tanta historia, miles y miles de voces, que hablaron con el corazón. Y todas hablaban idioma argentino. La misma herencia con la que nos plantamos en la final: con la bandera flameando en el alma y el pecho erguido frente al mundo, orgulloso de esos pibes, y del gran capitán.

Pero enfrente estaba España. Una máquina de paciencia quirúrgica, un equipo que amarró la pelota y tejió un encaje infinito de pases, tejiendo la telaraña perfecta, moviendo la cancha de lado a lado y ahogando a todos los argentinos, dentro y fuera de la cancha, y es que 746 pases de la roja contra 346 de la celeste es mucho. Dominaron la pelota con la frialdad de quien sabe que el tiempo juega a su favor. Y sin embargo, la Argentina no se rindió. Mordió cada centímetro, trabó con la cabeza y convirtió cada centro en una trinchera heroica, ellos no dudaron sabían su plan, el cansancio estaba a favor de ellos, tuvieron un día más.

El destino, caprichoso y cruel, nos obligó a remar contra la corriente más embravecida: la expulsión en el epílogo del tiempo reglamentario, se pagó un precio demasiado caro. Con unos hombres menos, exhaustos, sintiendo que las piernas ya no obedecían pero el corazón seguía empujando, la Selección se volvió un muro de voluntad descalza. Se multiplicaron donde no había espacio. Atajó el Dibu hasta lo imposible, cruzó la defensa al límite del aliento y se defendió el honor como se defiende la propia casa.

Recién en el minuto 106, ya en el segundo tiempo del suplementario, la muralla se rasgó. Hizo falta una red inagotable de pases, la ventaja numérica y un centro preciso para que Ferran Torres encontrara la única hendidura posible y quebrara el marcador. Tuvieron que llevar al límite el reloj y el físico de un equipo que se desangraba de pie para recién poder gritar el gol.

No hay vergüenza en el sollozo de hoy. España fue un campeón enorme, justo y formidable. Pero la Argentina se va con la frente intacta. Porque se cayó peleando como los grandes, con diez valientes abrazados en el suelo, honrando las Islas, la camiseta y a un pueblo entero que, aun en el llanto, sabe que este equipo nunca lo dejó tirado.

Elijo querer. Elijo creer.

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