Por: Darío López
Nada haría suponer que Egipto sería el rival más difícil de Argentina en un mundial de fútbol. Nadie, absolutamente nadie —ni siquiera el mejor astrólogo del mundo— podía predecir que en el minuto 15 del primer tiempo el equipo árabe convertiría el primer gol en campo argentino, a manos de su defensor, Yasser Ibrahim.
Un país entero seguía cada minuto con ansias, con la certeza de saber que teníamos a Messi, de que se podía. Por eso, cuando llegó la jugada del penal, fue como si pensáramos: «Ya está, es el 10, el goleador, el tipo que tantas veces nos salvó; una vez más va a abrir el camino». Pero, increíblemente, lo erró. Creo que me dolió más ver la cara que puso Lio que el penal errado. Esa cara denotaba cansancio, peso... todo un país sobre él, y la mitad del mundo también. Eso no debe ser nada fácil para ningún ser humano, pero Messi no lo es.
Luego vendría algo tremendo, sacado de una película de Hitchcock: una foto de locura, un mal sueño. En un contraataque letal de Egipto, llegaría el 2 a 0. No se podía creer. Y ahora, ¿quién podrá salvarnos? Pero no apareció ningún Chapulín Colorado, ni Batman, ni Superman, ni Milei. Apareció el bien querido y ponderado VAR para advertir que en la jugada anterior había una falta del defensor egipcio a Tagliafico, anulando así el gol. Digamos que el alma volvió al cuerpo. No se podía ir muy lejos; tenemos esa fe que nos caracteriza a los argentinos, y además estaba el 10.
Nos fuimos al descanso pensando, sacando cálculos, intentando descifrar qué cábalas nos habíamos olvidado o en qué me había equivocado yo (siempre hay que echarle la culpa a alguien de lo que nos pasa).
Volvimos con energía renovada, pero el gol no llegaba. Hubo una tapada al remate de Julián Álvarez, un "casi" gol... pero así no se ganan los mundiales. Messi perdió más pelotas en este partido de las que hubiera podido contar con los dedos de la mano. La magia negra se respiraba en el comedor del salón en el que estábamos viendo el partido cuando, al minuto 67, Egipto sepultaba las esperanzas argentinas con un gol que era un calco del que le habían anulado. Ahora sí, el 2 a 0 era real.
Era cuestión de ver a Messi con la cabeza gacha, sacando del medio campo, para saber que se estaba transformando. Se hizo pequeño, muy pequeño, y se fue al rincón derecho, ahí donde comenzó con el Barcelona; donde se pasaba a tres o cuatro tipos, llegaba al borde del área y hacía los goles. Pero, claro, en ese entonces tenía 18 años. Por eso digo que Lio, esta vez, se volvió tan diferente que me recordó a un camaleón: se camufló de 7 y empezó a tirar centros. Imagino su cabeza: «Erré un penal, perdemos 2 a 0, me agarran de a tres, no tengo la velocidad de un pibe... pero aún sirvo para poner pelotas de gol, aún puedo tirar centros». Y eso fue lo que hizo.
Al minuto 79, es decir, diez minutos antes de que terminara el partido, Leo vio lo que solo él puede ver con esos ojos. Divisó al número dos argentino en el área, uno de nuestros mejores cabeceadores, y tocó la pelota con su varita mágica. El pase fue justo a la cabeza de quien se había disfrazado de 9: el Cuti Romero metía el descuento. El alma volvió al cuerpo, amigo. Ya no había magia negra; solo quedaba esperanza, sentimiento, orgullo. Sí se podía. Nadie se levantaba ni un milímetro de donde estaba sentado.
Cuatro minutos después, el camaleón volvió a tirar un centro más, pero esta vez él mismo fue a buscar el premio. En una serie de rebotes en el área, Montiel le bajó la pelota a ese ser pequeñito que los egipcios creían que seguía estancado en el costado derecho. Pero ese es un error que no se puede cometer con el más grande. Con una volea rasante, el genio, el camaleón, el capitán, volvió a transformarse. Esta vez en el Messi de 39 años, el marido de Antonela, el papá de Ciro, Mateo y Thiago; una vez más en la persona que me hace sentir orgulloso de decir en el mundo que soy argentino: el capitán de la selección.
Lo demás fue el complemento perfecto de una película de la que ya sabíamos el final: centro de Lautaro y gol de Enzo Fernández. Pero eso, amigos, es anecdótico. Llorar con Messi a 20.000 kilómetros de distancia cuando terminó el partido... ese es un premio que ningún oro del mundo puede pagar.