Por: Darío López
Existe un debate eterno, casi generacional, que sostiene que lo de antes era mejor. Se dice con frecuencia que, en esta carrera frenética hacia el futuro, hemos perdido mucho y ganado poco. Y aunque la tecnología avance y el mundo se transforme a un ritmo que a veces marea, es necesario detenerse a observar las huellas de lo que fuimos para entender el suelo que pisamos hoy.
Tierra del Fuego era, no hace tanto tiempo, un refugio donde se respiraba naturaleza en estado puro. Era una época de una confianza social que hoy parece extraída de una novela de ficción: la gente dormía con las puertas de sus casas sin llave. Las bicicletas se quedaban afuera, en el patio, sin cadenas ni candados, bajo la premisa simple y poderosa de que nadie se las iba a llevar. Esa tranquilidad no era falta de precaución, era un contrato social invisible que se ha roto con el paso de los años.
Recuerdo con especial nitidez los inviernos. No eran solo temporadas de frío, sino escenarios de épicas competencias. Construíamos trineos artesanales y nos lanzábamos en inmensos terrenos baldíos que no parecían tener dueño. Allí, el agua estancada en las zanjas se convertía en pistas naturales de hielo donde las carreras no conocían límites. Hoy, la fisonomía urbana ha cambiado; no queda un solo rincón de aquellos "campos de batalla" infantiles que no ostente un cartel con precio de venta. La tierra dejó de ser un espacio de juego para convertirse en una mercancía.
Nuestra infancia fue forjada entre "cascotes". Dos piedras marcaban un arco y un terreno cualquiera se transformaba en una cancha imaginaria, que en invierno se vestía de un césped blanco y gélido. Hubo incluso valientes que armaron estadios directamente sobre el hielo puro. En esos partidos, el reglamento era el honor: caídas, patadas y faltas formaban parte del rito, pues la figura del árbitro era totalmente innecesaria.
Los barrios —Chacra, Intevu, 2 de Abril, Perón, Margen Sur y el Centro— se enfrentaban por algo mucho más valioso que una medalla: una Coca-Cola. En esas "categorías" no importaba la diferencia de edad, solo importaba el talento y las ganas de jugar. Entrenábamos en los estacionamientos, usando las ruedas de los autos como postes de arco. Hoy, el espacio es tan escaso que resulta imposible incluso encontrar un sitio para estacionar el vehículo, mucho menos para imaginar una jugada.
Mi padre solía decirme: "Si querés ser un jugador diferente, tenés que ser diferente". Me tomó tiempo entender la profundidad de ese consejo, pero lo apliqué a mi manera: vivía pegado a una pelota. Ya fuera de tenis, de fútbol o incluso de papel en los recreos escolares, la redonda era mi sombra. Subía las escaleras haciendo jueguito y pasábamos horas con amigos compitiendo por quién lograba mantenerla más tiempo en el aire. El Centro Deportivo Municipal era nuestra catedral; cuando había clásicos, la ciudad se detenía y los resultados eran la noticia principal de los diarios de papel que los canillitas vendían a viva voz frente a los supermercados.
La tecnología no solo cambió nuestras herramientas, sino nuestra forma de convivir. Las salas de juegos arcade, con sus fichas y sus tres vidas por crédito, eran los templos de la infancia. Nombres como Galáctica, City y Enjoy han desaparecido, reemplazados por la soledad de las consolas portátiles. Lo mismo ocurrió con rincones entrañables como la masitería "Habeweiss", donde las cajas gigantes de masitas sueltas permitían comprar felicidad por cuarto o medio kilo.
Incluso el centro de la ciudad ha perdido su rostro humano. Antes conocíamos al almacenero, al carnicero, al barrendero y al encargado del locutorio por su nombre. Éramos vecinos, no clientes. Los celulares mataron los locutorios, la música digital hizo desaparecer las disquerías y el streaming le dio el tiro de gracia a los videoclubes. Extraño esa ceremonia de ir al video club, esperar el estreno y llevarse el cassette a casa para verlo en una televisión de tubo de 20 pulgadas que, aunque pequeña para los estándares de hoy, nos parecía una ventana al universo.
No puedo dejar de mencionar la escuela, ese lugar sagrado donde los maestros hacían mucho más que enseñar materias: ayudaban a formarnos como personas. En aquellos años, la "copa de leche" era una constante; había yogur, facturas o pan con mate cocido, pero nunca faltaba. Hoy, parece que alimentar a un estudiante con un yogur es un "gasto excesivo" para el Estado.
Escuché recientemente a un profesional mencionar que es mucho más económico para una nación financiar la trayectoria educativa de un joven que mantenerlo en prisión. Es un dato que debería hacernos reflexionar sobre nuestras prioridades como sociedad. Si el Estado no puede garantizar un yogur en la merienda escolar, ¿qué futuro estamos construyendo?.
Hoy tenemos televisores que parecen pantallas de cine en nuestros livings, y quizás por eso las salas de cine están siguiendo el camino de los videoclubes hacia la extinción. Hemos ganado en definición de imagen, pero hemos perdido en comunidad.
Tierra del Fuego sigue siendo hermosa, pero la "Isla de la Fantasía" donde las puertas estaban abiertas y el hielo era nuestra cancha de fútbol parece desvanecerse en la bruma del recuerdo. Escribo esto para que, al menos en el papel, ese pasado no muera del todo.