Cuando llegó la pandemia, la rutina de Juan cambió por completo. Acostumbrado a trabajar muchas horas en una fábrica de lunes a sábado y, en ocasiones, también los domingos, de repente tuvo que quedarse en su casa.
“La primera semana nos dormimos todo, como creo que la mayoría; la segunda semana dijimos ¿qué hacemos?”. La respuesta comenzó a tomar forma en el mismo lugar donde toda la familia ya vivía: una chacra ubicada en Río Grande. Allí, Juan construyó un primer gallinero de cuatro por cuatro metros y empezó a buscar la manera de iniciarse en la producción avícola.
El comienzo fue pequeño: tres gallinas y un gallo. Pero detrás de esas primeras aves había una idea más grande. Juan había crecido rodeado de productos de granja en el sur de Santa Fe, una zona vinculada históricamente a las actividades agropecuarias y además tenía familiares dedicados actualmente a la producción.
La pandemia, entonces, no solamente modificó su rutina. También le dio el tiempo necesario para transformar una idea que parecía lejana en un proyecto concreto. “Dimos el puntapié inicial”.
Aprender a producir en el sur
El desafío siguiente fue descubrir cómo producir huevos en Tierra del Fuego. Juan se contactó con el INTA, que acompañó los primeros pasos del proyecto. “En una primera etapa desde el programa Prohuerta se facilitaron gallinas ponedoras para que los productores pudieran comenzar a conocer el manejo de las aves y evaluar las posibilidades de desarrollar una producción a mayor escala” explicó Susana Aresi, ingeniera del INTA.
El proyecto no solo se basaba en la entrega de las gallinas. Se buscaba un objetivo claro, que era el de construir un modelo de producción que pudiera funcionar en esta zona. “Empezamos a trabajar en articulación con el SENASA, con Zoonosis y Bromatología de la Municipalidad”.
También el INTA participó del cambio del espacio donde Juan iba a armar el gallinero y lo vinculó con otros productores de la zona. La experiencia fue fundamental porque gran parte de los conocimientos existentes estaban relacionados con producciones familiares y artesanales. “Fuimos rescatando conocimiento un poco de cada uno, un poco del conocimiento propio, de la autodidaxia” explicó Juan.
En esa experiencia también apareció internet como una herramienta para acceder a experiencias de otros lugares. Juan comenzó a vincularse con productores de distintos países y a conocer otras formas de producción avícola. Así fue incorporando una modalidad conocida como free range, basada en gallinas libres de jaula para que puedan salir al exterior y tener contacto con el aire libre y el sol.
La producción que comenzó con solo cuatro aves fue creciendo progresivamente. Hoy la chacra tiene 1.350 gallinas negras INTA de las cuales aproximadamente 750 se encuentran en postura, mientras que otras 600 están próximas a incorporarse a esa etapa productiva.
Gallinas libres y bienestar animal
Una de las principales diferencias de esta producción está en la forma en que se crían las gallinas. Para Juan, el bienestar animal ocupa el lugar central de todo el sistema productivo. La idea es que las aves tengan acceso a agua, alimento, espacios abiertos y puedan interactuar entre ellas. “Una gallina libre, con acceso a agua, con acceso a alimento, donde pueda expresarse”, define.
La expresión utilizada por el productor contrasta con los sistemas de producción industrial en jaulas, donde las gallinas permanecen durante toda su etapa productiva en espacios reducidos.
En la chacra, en cambio, el galpón funciona como refugio y las aves tienen acceso a un patio exterior. La producción, de esta manera, no está pensada únicamente desde la cantidad de huevos obtenidos, sino también por las condiciones en las que viven las aves.
El acompañamiento del INTA también tuvo que ver en este proceso ya que las capacitaciones fueron basadas en el manejo de las aves, estructura, iluminación y la organización de los espacios. El objetivo era que los productores pudieran avanzar progresivamente hacia una autonomía. “Ahora el productor está totalmente independiente”, señaló Aresi.
Una producción que mueve toneladas
Producir también significa controlar cada huevo. El crecimiento del emprendimiento llevó a Juan a avanzar hacia un nivel de formalización poco habitual entre los pequeños productores. Actualmente cuenta con RNE-Registro Nacional de Establecimiento- y RNPA- Registro Nacional de Producto Alimenticio, como también cuenta con el Sello Avícola Municipal; estos registros permiten establecer un sistema de trazabilidad de la producción.
El procedimiento incluye que cada huevo puede ser asociado al lote en el que fue producido y a la fecha en que fue recolectado. El procedimiento comienza en el mismo momento de recolección. Los huevos se levantan entre dos y tres veces por día y cada lote tiene identificado un color de maple. Después se registran las cantidades, se realiza la limpieza y clasificación y finalmente los huevos pasan al maple de comercialización. Este proceso resulta fundamental ante cualquier eventualidad. “Podes mirar para atrás y saber de qué lote salió y qué día”.
Este mecanismo permite identificar qué ocurrió en un determinado momento de la producción y detectar posibles diferencias. Incluso situaciones que pueden parecer menores, como que las gallinas se asusten por la presencia de perros, pueden afectar la producción y quedar reflejada en los registros.
Detrás de cada maple hay también un importante movimiento de insumos. Actualmente, la producción consume unas 160 bolsas de alimento de 30 kilos por mes, lo que representa alrededor de 6 toneladas de alimento balanceado. Según explicó Juan durante la entrevista, el valor de la tonelada de alimento en Tierra del Fuego ronda los $800.000. Este dato permite dimensionar uno de los principales desafíos económicos de la actividad: antes de que un huevo llegue al consumidor, existe una estructura de costos vinculados al alimento, las instalaciones, los insumos, el mantenimiento y el trabajo cotidiano.
Y en Tierra del Fuego producir tiene, además, particularidades propias vinculadas a las condiciones climáticas y la necesidad de adaptar las instalaciones. El primer gallinero que construyó Juan, por ejemplo, fue diseñado con aislamiento térmico, una condición necesaria para proteger a las aves durante los inviernos fueguinos.
De un pequeño proyecto a una producción consolidada
Aunque el emprendimiento creció, mantiene una característica que para Juan es central: sigue siendo un trabajo en familia. Él tiene además un empleo en relación de dependencia. Su esposa Magalí y sus hijos Nadia y Juan Ignacio, también forman parte de la dinámica familiar alrededor del emprendimiento.
Esa combinación entre empleo y producción fue, durante los primeros años, una de las claves para poder crecer. Al no depender exclusivamente de los ingresos generados por los huevos para cubrir las necesidades básicas del hogar, la familia pudo reinvertir lo que producía. “Ese pequeño ingreso que se fue generando permitió ir reinvirtiendo, capacitando, comprando herramientas” explicó Juan.
La lógica siempre fue la misma, crecer, reducir costos y organizar el trabajo para que la actividad pudiera mantenerse principalmente dentro del grupo familiar. La producción actual se encuentra entre 650 y 680 maples mensuales, aunque llegó a alcanzar los 900. La variación tiene una explicación biológica: las gallinas atraviesan diferentes etapas y su nivel de producción cambia a lo largo del tiempo. Por eso, mantener una producción constante implica trabajar con distintos lotes y planificar permanentemente la incorporación de nuevas aves.
Lo que comenzó durante la pandemia con un pequeño gallinero y cuatro aves terminó convirtiéndose, seis años después, en una actividad de mayor escala y en la actualidad su producto se comercializa de lunes a sábados en el Paseo Canto del Viento, miércoles y jueves en el INTA, hacen envíos a domicilio y de a poco los comercios locales se están sumando. Pero detrás de los números permanece la misma idea con la que Juan comenzó: producir en familia y encontrar una manera de hacer posible la producción de alimentos en el fin del mundo.
*Estudiante de 3° año de la Tecnicatura Superior en Comunicación Social del CENT35. Nota realizada en el marco de la materia Prácticas Profesionalizantes II