Esta historia es como un iceberg a la deriva flotando en el mar, que va a ir desapareciendo a medida que el tiempo va transcurriendo. Pero solo vemos la punta, la parte visible, lo que está por encima y se deja ver, lo más profundo permanece oculto… o quizás preferimos no verlo.
Recuerdo el día en que vi la noticia. Me impactó, aunque no supe bien por qué. Fue una angustia extraña, como una mano apretándome el pecho, un dolor que no me pertenecía. La verdad era que solo era eso: una noticia. No me afectaba a mí, a mi familia, ni a nadie que conociera.
El matutino hablaba de un mendigo y su perro. Decían que habían muerto congelados, uno al lado del otro. En mi cabeza, las piezas encajaban con facilidad: la calle es un destino elegido, la vagancia es una decisión, los mendigos siempre tienen un perro que los sigue. Es una fotografía que cambia el paisaje, que llevamos impresa en nuestras mentes como algo normal. Pero me equivoqué. ¿Quién no ha conocido una parte de la historia y la termina dándole forma sin conocer en realidad como fueron las cosas? A veces nos ponemos en lugar del juez (aunque no quiera serlo) y bajamos el martillo.
Mi compañero se llama Rúben. Sí, con acento en la U, porque llamarlo Rubén sería demasiado común. Él tiene un título de periodista, aunque no le gusta que lo llamen así. Nosotros lo hacemos de todos modos, porque lo define mejor que cualquier otra profesión. No se conforma con los hechos fácticos; siempre ve más allá, como si tuviera un superpoder. Y cuando habla, todos lo escuchan, porque su palabra no es solo opinión, siempre viene respaldada, ya sea por datos, estadísticas o algún autor o libro que pueda citar.
Por eso, cuando dijo: "Yo conozco la verdadera historia de ese muchacho", nos quedamos en silencio. No podía ser cierto.
Resultó que sí. Rúben lo conocía porque había estado haciendo un servicio en la pastoral carcelaria. Nos contó que hombre que murió en la calle no siempre había sido un mendigo, antes había sido un preso, y antes un secretario, como nosotros. Quince años en la cárcel.
Los números se multiplicaron en mi cabeza, son 5475 dias,131400 horas y 7.884.000 millones de minutos. Me impacto la cifra.
No reaccioné de inmediato. Reflexioné y pensé. Para ser sincero, no me dio pena, al contario. En mi cabeza, solo había una conclusión lógica: un delincuente menos. Haya hecho lo que haya hecho, terminó como debía terminar.
Mis pensamientos se cortaron porque Rúben siguió hablando.
Me enteré de que el muchacho había caminado solo por la vida. Que había estudiado, que solo hay dos carreras que eran gratuitas, y él había estudiado ambas. Supe que, en prisión, no todos los internos pueden trabajar ni cobrar un sueldo, solo el 30%, y que el pago es menor que una jubilación mínima. Rúben conto muchas cosas que no sabíamos, eran verdades a medias que nunca me había cuestionado. No estaba listo para tantas verdades ocultas que sucedían detrás de los muros, sin quererlo, empecé a interesarme.
—Voy a leerles algo que este chico me escribió. Tenía una mano maravillosa para la escritura… y lo sabrían si alguien le hubiera dado una oportunidad —dijo Rúben cambiando su rostro a una forma más paternal.
Sus lágrimas me hicieron dudar. Ese hombre tan correcto, meticuloso, moralmente intachable, contaba y lloraba. Era una imagen extraña, una mezcla de culpa, respeto, silencio y muerte. Algo en él me incomodaba, pero sentí que era el guardián de un secreto muy bien guardado, y lo deje abrir esa puerta.
—Escuchen y tal vez puedan darle forma a la noticia del mendigo.
Entonces leyó:
"Hoy dejé mi pasado atrás. Hoy cambié una palabra con la que conviví tantos años. Hoy sepulté el ‘por qué’ y resucité el ‘para qué’. Y la respuesta vino después de escuchar al gran Pepe Mujica. Me di cuenta de que era fuerte en cuerpo. Tuve cosas materiales: auto, casa, gente que me quería. Pero mi mente era débil, y los lazos que me unían a esa gente también. Hoy entreno mi mente cada día para que sea tan fuerte como mi cuerpo. Hoy carezco de todo lo que tenía afuera. Hoy solo tengo a mi lado a quienes me aman de verdad, los que me quieren a pesar de saber dónde estoy.
Hoy aprendí a valorar el tiempo que perdí acumulando cosas que ya no tengo. Hoy entendí que lo más valioso que poseemos es el tiempo. Lo veo como un anciano paciente, sabe que cada minuto y hora que pase, volverá a repetirse, año tras año, día tras día, su poder es inmortal. Pero aunque me gane la ansiedad espero su llamado, aunque falta mucho tiempo, creo que no lo atendería. Primero quiero darle un contenido a mi existencia, un significado distinto al que me exige la sociedad. Quiero ser libre en mente y cuerpo.
Hoy mi cuerpo está tras las rejas, pero mi mente es más libre que nunca. Aprendí lo que significa la libertad, esa palabra soberana, oculta en los inmensos vacíos que provoca vivir en una sociedad capitalista, donde solo eres valorado por las cosas materiales que posees.
Madurar no es darte cuenta de que tienes muchos amigos, sino de que conoces a mucha gente."
—Esto pasó después de uno de los encuentros de los sábados. Los internos, o hermanos, como los llamamos nosotros, reciben la palabra ese día. En una hora podemos charlar, escucharlos, intentar ayudarlos a encontrar un propósito en sus vidas, encender una luz en ese lugar de oscuridad.
Ustedes seguramente se preguntarán si se puede, y yo les respondería…no lo sé. Tal vez sí, tal vez no. Pero al menos nos ayuda lo intentamos, y eso me ayuda, o por lo menos a mí me ayuda. Porque pensemos un poco, a todos nos puede pasar. Me ha pasado mil veces escupir para arriba y que el escupitajo me cayera en el ojo. ¿cuantos han estado a punto de atropellar a alguien? ¿cuantas veces nos invadió una ira incontrolable y agarramos lo primero que tuvimos a mano?
Fue instintivo, salte como si me hubieran puesto un traje gris de defensor fiscal de la sociedad.
—Tampoco son carmelitas descalzas, Rúben, seamos sinceros… por algo están ahí, ¿no?
Rúben me miró. Ya no tenía lágrimas en los ojos. Pero su mirada cambió. Era la misma que ponía mi padre antes de soltarme uno de esos discursos que te quedan grabados para siempre.
—Hay verdades que se ocultan detrás de la conciencia y son tan ligeras que cuando las molestas, desaparecen —dijo con calma—. Te lo voy a explicar de otra forma: si ponés una red para atrapar robalos, ¿podrías pescar mojarritas?
Fruncí el ceño.
—No tengo idea de qué tiene que ver eso con la cárcel —respondí con mi mejor cara de culo.
Rúben suspiró y disparó sin rodeos:
— ¿Alguna vez viste a un rico hacinado? ¿A un rico muriéndose por no tener atención médica? ¿A un rico esperando horas en un hospital sin que lo atiendan? ¿Durmiendo entre cientos en un pabellón? ¿Pasando hambre?
Lo miré fijo.
— ¿Vos me estás hablando de la cárcel?
Rúben no apartó la mirada. Me sentí incómodo. Algo en su voz me decía que no estaba hablando en abstracto, que detrás de sus palabras había una historia real.
—Pensa en el tipo que encontraron congelado en la calle con su perro, ¿estamos hablando de eso no? —preguntó.
Asentí, aunque la imagen me parecía lejana, difusa, como cualquier noticia que se lee y se olvida.
—Te voy a contar quién era en realidad, después me decís si seguís pensando igual.
El silencio que siguió fue pesado, como si algo estuviera a punto de romperse.
—Ese hombre pasó quince años preso. Salió con lo puesto, sin familia, sin oportunidades. Caminó solo durante meses, durmiendo donde podía, hasta que encontró a su único compañero: un perro callejero que nunca lo abandonó.
Tragué saliva. Algo me pinchó en el estómago.
—Yo lo conocía —continuó Rúben—. Lo vi cambiar, lo vi luchar por su segunda oportunidad. Pero la sociedad no lo dejó.
Sentí una punzada de vergüenza. Hasta hace unos minutos, yo mismo había pensado que su destino había sido consecuencia de sus propias decisiones. Que simplemente había terminado como tenía que terminar. Pero ahora… ahora la historia era otra.
—Tengo una confesión que hacerles —dijo Rúben, su voz más grave de lo habitual—. El día antes de que muriera, comió en mi casa. Él y su inseparable amigo.
Hizo una pausa, mirándonos.
—El perro se llamaba Da-Mi.
Fruncí el ceño.
— ¿Nombre raro, no? —continuó, como si hubiera leído mi pensamiento.
Si su mirada ya me incomodaba, su respuesta lo hizo aún más.
—Se llamaba así en honor a sus hijos, decía e imaginaba que cada noche el amor que le daba ese animal, era el que algún día recibiría de ellos—dijo, dejándose caer en su sillón con el peso de los recuerdos.
Nadie dijo nada. El silencio se hizo espeso, aunque ya había varias personas escuchando la historia.
—Antes de salir, me dejó algo… —continuó—. Un diario que había empezado a escribir. Un ejercicio que le enseñó un profesor de teatro que lo visitaba en la cárcel. Pero, con el tiempo, ese profesor también se fue… y él terminó olvidado y solo. No hay mucho lugar para el teatro en una cárcel no creen?
Se quedó mirando el cuaderno sobre la mesa, como si pesara toneladas.
—Si quieren entender cómo fue su vida después de la cárcel, se los puedo leer. No escribió mucho, pero lo que dejó cuenta la verdad con más crudeza que cualquier noticia.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—La mentira de la reinserción social… vista desde adentro. Los derechos humanos, desnudos. Sin discursos. Sin maquillaje. Solo la verdad. Hay mucho tabúes dentro de la cárcel, que nos ponen en escena los medios de comunicación, y la imagen de los presos que tenemos no son de personas sino de objetos. Estos fueron sus primeros de tantos escritos y cuentos que escribió, este forma parte del inicio de su muerte… en vida.
"Hoy me espera un camino largo y frío… pero solo si llevo un corazón duro y mezquino. Hoy salgo en libertad después de muchas luchas internas, de romper prejuicios, de recibirme y de encontrar a Dios. Sé que me va a ir bien, me tengo fe."
"Tengo una campera y una mochila donde guardé todo lo que acumulé en estos 15 años. No es mucho, pero es mío. Me lo gané a base de trabajo y de hacer las cosas bien. Miro al horizonte y me toca patear bastante… Afuera no me espera nadie. Jaja, ¿quién me esperaría después de tantos años, no?"
El silencio en la sala era absoluto. Mis compañeros no decían una sola palabra. Hasta la vieja Susy, que habla hasta por los codos, estaba callada. María, la mujer que hace las copias y le saca el cuero a medio mundo, estaba muda. Y eso que solo habíamos escuchado el primer párrafo.
"Son diez kilómetros hasta el centro, pero… ¿a dónde voy? Nadie te prepara en la cárcel para lo que viene después. Y menos si no tenés plata ni un lugar donde dormir. Decido caminar. Recorro la ciudad. Entro a un kiosco y me compro una Coca y un chocolate. Años sin probarlos. Decían que alteraban a la población. Tal vez, por eso los elijo. Alterarme un poco me parece justo."
¿Alteraban la población? Yo creí que los presos podían comer lo que querían, que comían mejor que nosotros. Me removí en la silla. Algo en esas palabras me incomodaba. ¿Solo pierden la libertad ambulatoria? Me había repetido esa idea tantas veces que nunca la cuestioné. Pero ahora, empezaba a tambalear en mi cabeza.
"Paso frente a una vidriera y me veo reflejado. Tengo el pelo revuelto, aunque no es que tenga mucho tampoco, mi calva esta roja por el frio. El tiempo es un maestro cruel: te enseña a golpes y te deja las marcas en la cara. Decido comprarme un gorro. El viento corta, quema, enfría, nunca me había dado cuenta que el tiempo era tan ambiguo"
"No tengo dónde dormir. Escuché que algunos muchachos pasan la noche en la guardia del hospital. No es cómodo, pero es mejor que estar a la intemperie. Cuando llego, hay demasiada gente. El olor me da asco. No debería, pero me da. Doy un par de vueltas más, hasta que el cansancio me encuentra sentado en la plaza céntrica. Me despierta un milico: ‘Acá no se puede dormir, tomátelas’."
"Vuelvo al hospital. Más indigentes. Más frío. Me camuflo entre los pacientes y me saco un número, dicen que va a tardar un par de horas porque hay una emergencia. Perfecto. Van por el 15, yo tengo el 156. Bendita pobreza. Me duermo en la silla, escuchando gente toser, niños llorando, estoy acostumbrado muchos presos se duermen llorando por las noches. Cuando abro los ojos, van por el 192 y ya amaneció. Mi primer día afuera… y no fue muy alentador."
—Pero… ¿y los de derechos humanos? ¿No te buscan? ¿Y el patronato de liberados? ¿Y la pastoral? —disparé las preguntas sin pensar, con la cabeza hecha un nudo.
Rúben me miró con serenidad. Su voz no tembló, pero sus ojos seguían cargados de algo más pesado que la tristeza.
—Es por eso que lloro —dijo, sin rodeos—. Somos una mentira. Como sociedad. Como cristianos. No solo no ayudamos… también discriminamos. Y ni siquiera nos tomamos el tiempo de conocer a la persona antes de hacerlo.
El silencio era uno más entre todos nosotros, pesó más que cualquier respuesta. Y a casi toda la oficina escuchaba atentamente.
— ¿Sigo? —preguntó Rúben.
—Seguí… no pares, por favor —dijo nuestra jefa, con un tono casi suplicante. Nadie se había dado cuenta de que estaba ahí.
Rúben respiró hondo y asintió continuando con la lectura:
"Hoy busqué trabajo. Me piden certificado de antecedentes. Tengo un título de Técnico Superior en Comunicación Social y otro en Administración de Empresas. Cursos de electricidad, horticultura, gasista, informática, y muchos más Sé que no tienen nada que ver entre sí, pero eran las únicas carreras gratuitas en la cárcel. No podía darme el lujo de elegir, no había plata para eso."
"Fui al INTA a anotarme (también hice un curso ahí) ‘Eh, señora, ¿se acuerda de mí? Soy el de los cursos de adentro de la cárcel’. Automáticamente, todas las cabezas se giraron. Miradas frías, inquisidoras. Dagas invisibles, clavadas en mi mente. La señora se acercó y me llevó a una oficina."
"‘Mirá, disculpá, pero en el Estado no podés trabajar. Lo dice la constitución sabes? Tenés que esperar diez años, no es que no quiera darte trabajo’"-dijo como excusándose.
"Diez años… Ya me voy a haber muerto, señora. Gracias igual."
"Salí de ahí sintiendo cada mirada clavada en mi espalda. Y la escena se repitió en cada lugar donde busqué trabajo. Todo iba bien hasta que decía la verdad. ‘Pero señora, yo sé de eso…’ ‘Pero señor, yo tengo experiencia…’ ‘Solo pido una oportunidad…’ Nada. No había trabajo para mí."
El aire que se respiraba en la sala no era el mismo. Nadie hablaba. Rúben cerró los ojos un segundo y luego levantó la mirada.
—Y después nos preguntamos por qué hay gente durmiendo en la calle… —murmuró.
Varios nos miramos, algunos asintieron con la cabeza, otros solo la agacharon.
Rúben pasó la página y siguió leyendo.
"Después de un día entero caminando sin rumbo, me senté en un banco de la plaza. No tenía hambre, solo cansancio. Miraba a la gente pasar, cada uno en su mundo, sin siquiera notar mi existencia. Me sentí invisible.
Entonces lo vi. Un perro flaco, sucio, con el pelaje enredado, olfateando entre la basura. Se movía con el sigilo de quien ya aprendió que el mundo no siempre es amable, me hizo acordar cuando aprendí el arte de ser un fantasma en la cárcel. Cuando entre me enseñaron que si te ven representas peligro, y si sos peligroso, terminas mal, así que nunca me deje ver, cuando llamaba mucho la atención, desaparecía. El animal buscaba algo para comer, igual que yo.
Saqué lo poco que me quedaba: un pedazo de pan duro y un poco de fiambre envuelto en una bolsa. Él me miró con desconfianza. No lo llamé, no hice ruido. Solo dejé el pan a mi lado y esperé.
Tardó un rato, pero se acercó. Primero husmeó desde lejos, luego dio un par de pasos cautelosos. Cuando estuvo lo bastante cerca, agarró el pan y se alejó un poco, mirándome de reojo mientras lo devoraba.
—Tranquilo, no te lo voy a quitar —le dije.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que volviera. Esta vez no esperó, se sentó frente a mí. Me miró. Lo miré.
— ¿Y ahora qué? —murmuré.
Como si entendiera, se echó a mi lado y apoyó la cabeza en mis piernas. Solté una carcajada amarga.
—Bueno… al menos vos no me pedís antecedentes."
Rúben hizo una pausa, tragó saliva. Vi sus manos temblar pero no dije nada.
"Esa noche dormimos juntos en la plaza. Al día siguiente, cuando me levanté, pensé que ya se habría ido. Pero ahí estaba. Sentado. Esperándome.
—Supongo que ahora somos dos —le dije.
Movió la cola.
—Bueno, si vamos a estar juntos, vas a necesitar un nombre.
Pensé en todos los nombres que se me ocurrían, pero ninguno le quedaba bien. Y entonces entendí: no tenía que inventarlo.
Se me vinieron a la cabeza los nombres de mis hijos. Nunca los juzgué por alejarse de mí. Supongo que sintieron lo que siente la mayoría al verme: odio, vergüenza, miedo… No lo sé. No los culpo. La vida en la cárcel es dura. Eso lo aprendí ahí.
—Da-Mi… —susurré, ahh como extraños a mis hijos.
Y parece que le gustó. Porque movió la cola. Porque no se fue. Porque desde ese día, nunca más estuve solo.
Lo entendí después. Él también había sido rechazado. Lo vi en su mirada esquiva, en la forma en que mantenía las orejas bajas, esperando el próximo golpe. No era solo un perro callejero, era un perro descartado. Alguna vez debió tener dueño, una casa, un rincón donde dormir. Hasta que dejó de ser útil, hasta que ensució demasiado, hasta que ladró más de la cuenta o se convirtió en una carga, o tal vez solo cometió un error. Como yo. Veía reflejado en ese ser lo que la sociedad puede hacer a un ser humano.
Desde que salí, aprendí que la discriminación no necesita gritos ni insultos. A veces, basta con una mirada. O con la ausencia de ellas.
Como cuando entraba a un negocio y las conversaciones se cortaban en seco. Mi aspecto había cambiado y ya no olía bien, tampoco me veía bien. Estaba más parecido a aquellas personas a quien había juzgado cuando recién salí, en el hospital.
Extendía un currículum y la sonrisa amable del otro lado del mostrador se desvanecía en cuanto veían mi pasado impreso en un papel.
—Lo llamaremos —mentían, mientras dejaban mi solicitud encima de una pila que jamás revisarían.
Y yo agradecía igual. Porque, al menos, se tomaban la molestia de mentirme. Sentía mucha impotencia y bronca, ¿de que sirvió estudiar? Tener dos títulos y hacer tantos cursos?
Rúben cerró el diario y se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar algo que ya no podía quitarse de encima.
—Lo acompañó hasta el final. Estuvieron juntos hasta la última noche. Estas fueron sus últimas palabras escritas. No hay nada más.
Se tomó un segundo antes de continuar.
—El resto lo pueden imaginar… o lo pueden juzgar. Para eso son expertos, ¿no?
Miré a mis compañeros. Nadie hablaba. Ni siquiera Susy. Toda la oficina queda en un silencio de funeral, solo un teléfono al final se escuchaba sonando con la puerta cerrada.
Por primera vez en mi vida, sentí que había juzgado sin saber. Que había mirado sin ver. Que había hablado sin entender. Vi lágrimas entre mis compañeros y miradas cabizbajas. No sé si esta, es solo una historia o la realidad de muchos presos, pero dudé, juzgué.
Y me odié un poco por ello.