Por: Darío López
La transición entre épocas suele ser traumática. Como bien se ha dicho, cuando lo viejo muere y lo nuevo tarda en llegar, es en esos caminos intermedios donde aparecen los monstruos. Es en esa penumbra donde surge lo que podemos llamar el "síndrome del metro cuadrado": esa peligrosa miopía social que nos hace creer que, si una injusticia no ocurre inmediatamente a nuestro lado o no afecta nuestro entorno directo, simplemente no nos afecta.
Para entender el presente, debemos observar cómo se ha cimentado nuestra identidad sobre figuras cuestionables que hoy son protegidas por ese "metro cuadrado" de indiferencia histórica. Algunos de los peores villanos de la historia mundial han sido elevados al estatus de héroes por representar el "éxito" de un sistema. Cristóbal Colón es el ejemplo paradigmático: se lo celebra como el descubridor, ignorando que su llegada significó el exterminio de miles de indígenas en nombre del progreso. A nivel local, esta ceguera se repite con el cazador de indígenas Julio Popper. Es alarmante notar que aún tenemos calles que llevan su nombre y se lo continúa idolatrando como si fuera un prócer, omitiendo las masacres que lideró. Esta capacidad de la sociedad para ignorar la sangre en los cimientos del progreso es lo que permite que el ciclo de injusticia se repita hoy, cuando preferimos mirar hacia otro lado mientras se vulneran derechos básicos.
El síndrome del metro cuadrado se manifiesta con mayor crueldad cuando la violencia estatal se normaliza. Hoy vemos cómo las fuerzas de seguridad reprimen a jubilados que reclaman un haber digno, a trabajadores que defienden su puesto de fábrica y a personas con discapacidad que ven recortados sus servicios esenciales. Mientras el garrote cae sobre el otro, el resto de la sociedad parece observar desde una distancia segura, creyendo que su "metro cuadrado" los mantendrá a salvo de la misma precariedad.
Esta desconexión emocional es fomentada por un discurso de poder que deshumaniza a la víctima para justificar la represión. Se nos vende la idea de que las grandes empresas multinacionales son nuestra única bandera de salvamento, mientras vemos sentados en nuestras casas cómo empresas nacionales con historia como Fate, Vicentin, Sueño Fueguino, Aires del Sur, Whirlpool o Canale cierran sus puertas. Incluso instituciones que son orgullo regional, como el Hospital Garrahan, han sido abordadas por el poder de turno bajo la excusa de “mejorar” lo que ya era reconocido como el mejor hospital de Latinoamérica.
Es vital no dejarse engañar por la retórica. Hasta los gobiernos más criminales de la historia llevaban la bandera de la libertad y la democracia como escudo. El autoengaño es una herramienta de control poderosa, especialmente cuando es alimentado por la sugestión que los medios de comunicación ejercen sobre la sociedad. No debemos asimilar lo que vemos en pantalla como la realidad absoluta; la realidad es una construcción social y depende de nuestra perspectiva. No olvidemos que los medios también son empresas y, como señalaba Chomsky, el producto de esas empresas somos nosotros (https://www.youtube.com/watch?v=HyoXov5PmDQ)
Los totalitaristas desean hacernos pensar que un país habla con una sola voz y que mantiene un único “interés nacional”. Aunque es común referirse a las acciones de un Estado como si representaran a la totalidad del país, este planteamiento es engañoso. Detrás de ese supuesto "interés general" se esconden cifras de una tragedia humanitaria: según la OMS, la violencia le cuesta la vida a 1,4 millones de personas cada año. La violencia es un problema de salud pública y desarrollo humano que afecta más a las comunidades más empobrecidas, y los países con mayor desigualdad tienden a presentar las tasas más altas de criminalidad.
En Argentina, la respuesta ante esta crisis social parece ser el castigo antes que la prevención. Los estudios señalan que los factores de riesgo para que un joven ingrese al sistema penal son la exclusión, el abandono escolar y el consumo problemático. La adolescencia es la etapa clave para la formación de la identidad y para intervenir preventivamente.
El concepto rector para abordar la marginalidad debe ser la reinserción y la reintegración. La marginalidad social se manifiesta en la falta de participación plena de los individuos encarcelados. El objetivo del Estado debería ser superar esa marginalidad mediante educación, capacitación laboral y apoyo psicológico, permitiendo a los individuos reconstruir sus vidas de manera positiva.
Destacar la importancia de un trato humanitario no es una debilidad, sino una estrategia de seguridad pública que reduce la reincidencia. Por todo lo expuesto, la propuesta de encarcelar a niños de 14 años impulsada por el gobierno no es viable. No se puede solucionar la violencia con más violencia ni encerrando el futuro. Mientras sigamos encerrados en nuestro "metro cuadrado", ignorando que el dolor del jubilado o del niño excluido es también nuestro dolor, lo esencial seguirá siendo invisible a nuestros ojos.