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jueves 15 de enero de 2026 - Edición Nº2598

Opinión | 15 ene 2026

HISTORIAS DESDE ADENTRO

La caja de herramientas que se construye en prisión

18:20 |Entrar en una cárcel es como aprender a vivir en una ciudad que fue arrasada por un tornado. Todo obliga a empezar de cero; nada es igual a lo que se conocía antes. La autonomía se pierde casi por completo y la convivencia se da entre personas que, de una u otra forma, también lo han perdido todo. Algunos cargan enojo con la vida, otros intentan adaptarse.


Por: Darío López

Entrar en una cárcel no es solo perder la libertad: es aprender a sobrevivir en una ciudad arrasada, donde nada funciona como antes y donde cada día exige volver a empezar. Detrás de los muros no hay solo delitos y condenas, hay personas obligadas a reconstruirse en un territorio de rutinas grises, autonomía perdida y vínculos rotos. Comprender esa experiencia resulta clave para una sociedad que suele mirar el encierro como castigo, pero rara vez como una oportunidad —frágil, incompleta, pero real— de transformación humana.

Cuando una persona está privada de su libertad, su mente ya no funciona del mismo modo. Las decisiones dejan de estar plenamente en sus manos y el rendimiento emocional y mental suele depender del peso de la condena. No es lo mismo cargar con un año que con décadas. A veces ese peso quiebra. La vida ha golpeado tanto a algunos que deciden quedarse en el suelo por un tiempo; otros intentan levantarse, caen y vuelven a intentar. Y hay quienes, por momentos, sienten que no podrán levantarse nunca más.

En ese contexto, ir a la escuela dentro de la cárcel no debería ser visto como un beneficio, sino como lo que realmente es: un derecho. La educación pública y gratuita es un derecho constitucional de cualquier argentino. Dentro de la Unidad existen niveles de educación primaria, secundaria y terciaria, e incluso propuestas universitarias, aunque estas últimas suelen quedar limitadas a quienes pueden sostenerlas económicamente por fuera del Estado.

Las oportunidades educativas —cursos de electricidad, horticultura, gasista o carreras técnicas— aparecen como intentos de reconstruir lo que la vida y las circunstancias destruyeron. Sin embargo, para muchos, las rejas mentales resultan más difíciles de derribar que las físicas. La educación intramuros, aun con sus limitaciones y barreras económicas, representa una de las pocas vías reales hacia la reconstrucción personal.

El CENT 35, que inició sus actividades el 7 de abril de 2013 en la Unidad de Detención N.º 1 de Río Grande, ofrece un respiro dentro de un contexto marcado por la marginalidad. Allí, el conocimiento se vuelve una herramienta vital. No se trata de un privilegio, sino de un derecho que cobra aún más valor cuando aprender se convierte en la única forma de ampliar un horizonte que, desde el encierro, suele sentirse inalcanzable.

Dentro de estas paredes todavía hay jóvenes que no saben leer ni escribir, ni realizar operaciones básicas. Uno de ellos explicó alguna vez por qué decidió estudiar: aprender le permitiría leer los cuadernos de comunicaciones de sus hijos y asistir a las reuniones escolares sin vergüenza. Antes no iba por miedo a ser juzgado, por temor a que sus hijos se avergonzaran de él. Estudiar, para él, no era solo una meta personal, sino una forma de acompañar y educar a sus hijos, enseñándoles que la vida no siempre es sencilla, pero que siempre vale la pena intentarlo.

A veces los objetivos parecen tan altos que resultan inalcanzables. Recordar el pasado, una vida errante y llena de errores, suele resignificar para qué sirve estudiar. En la cárcel, además, las personas están supeditadas a la oferta académica que el sistema puede brindarles, lo que vuelve cada oportunidad aún más valiosa.

Cuando la mente adquiere conocimiento, los caminos se expanden. Se aprende que no existen barreras mentales imposibles de atravesar y que las luchas no se ganan solo con voluntad, sino con sabiduría: saber cuándo avanzar, cuándo detenerse y cuándo retirarse también es una forma de inteligencia.

Las páginas de un libro pueden parecer eternas y dan miedo, pero son una batalla que se puede ganar. La educación transforma el entorno más cercano y ayuda a comprender que una decisión equivocada no define para siempre a una persona. Los títulos, en este sentido, se convierten en herramientas para el día de mañana, piezas fundamentales para reconstruir una vida. La idea es llenar esa caja de herramientas con esfuerzo propio, para no salir al mundo con las manos vacías cuando llegue el momento de recuperar la libertad.

La vida tras las rejas es, para muchos, un viaje de autodescubrimiento. A pesar de los golpes y las caídas, algunos deciden levantarse y escribir. La cárcel puede haber quitado la libertad física, pero no necesariamente la voz. En cada palabra escrita persiste la esperanza de que, algún día, la luz vuelva a brillar.

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